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A modo de elegía - Waldo Leyva

No puedo evitar que me sorprenda esa costumbre
nuestra: dar de beber primero a los ausentes.
No se trata de convocarlos a la fiesta,
ni tampoco es un ritual de la memoria;
los muertos beben solos.
 
A medida que los años pasan
el silencio sin ruido, ayer imperceptible,
empieza a acompañarnos,
a dejar sus huellas sobre las sábanas,
a sustituir con nuestro rostro la cara del amigo.

Ayer, mientras descorchaba mi añejo de reserva
para brindar por la llegada de otro año
supe, sin duda alguna,
que debía mojar un rincón de la casa.
Para quién era el trago? ¿a quién debía evocar?
¿Acaso a Luis, muerto a los treinta y dos años
cuando la poesía empezaba a crecer
en su garganta y le dolía en el costado
ese escuálido y turbio ángel del desamor?
¿Tal vez a Wichy el Rojo, quien seguramente
continuará en su eterno retornógrafo,
dialogando con Tristan Tzara
o con Guillaume Apollinaire, el soldado polaco
de sus versos?
 
Los muertos beben solos, me repito,
pero voy con la botella
hasta el rincón más íntimo de casa
donde Ángel Escobar, sudoroso y suicida,
masca alucinado hojas de curujey,
le pide al alcor funesto que aparte a los forenses
y sigue diciéndonos, para que no lo olvidemos,
…moriré/ solo de mí: no llevo un clavel rojo
en la solapa, no puedo sonreír:
alguien siempre dispara
su pistola en medio del concierto…
 
Los muertos beben solos, insisto,
y el ámbar del añejo deja en el aire breve
una línea sin origen ni fin donde Raúl,
desde su enorme silencio, aparta la vieja pistola
de su animal civil y dice a Gelsomina:
Ven …a ver al niño enfermo
que allí en su lecho abandonado yace…
mientras Ignacio Vázquez se pone el pecho
de Sor Juana para decir los versos que le dicta
su esquizofrenia contagiosa.
 
¿Dónde está Juan Puga? Lo busco por la casa
y vuelvo a mi balcón pero en esta noche de diciembre
no están los flamboyanes florecidos,
ni puedo intuir los almendros agrestes de su tierra.
¿Será cierto lo que una vez le dije:
empiezas -y eso duele- a ser olvido?
No tengo pacharán, querido hermano, pero te ofrezco
este trago de ron. ¿Lo compartimos?
 
Los muertos beben solos
le digo a los que esperan y ríen satisfechos
sin sospechar que alguien los va a evocar mañana
derramando licor por los rincones.
Naborí ya lo dijo recordando a Simónides de Ceos
Arrobados de sueños y paisaje
creemos infinito nuestro viaje
pero ¡ay! el viaje es demasiado breve.
 
Hay muertos más recientes, muertos
como Jesús Cos Causse que se llevó algo de mí, raigal,
aunque dejaba, detrás de cada verso algún ruido del corazón.
Negro, brindemos por Nilda Arzuaga;
no sé si ella, en algún sitio del planeta,
se acuerda de tus versos, de aquella noche cómplice,
junto a la ventana de Luz Vázquez
pero vamos a repetirlos tú y yo para que los oiga
donde quiera que esté.
Mañana la historia
le pondrá un rostro extraño
a nuestro amor y nuestras cartas serán leyendas
para los poetas de entonces.
Uno no sabe nunca en qué amor acabarse, en qué
salto cruzar las cenizas.
 
Hay muertos más recientes, lo repito,
muertos que nos dejaron definitivamente huérfanos.
Pienso en Joel, en su ternura brusca,
en su cortante lucidez, en su diálogo intacto con los loa
buscando una explicación para sí mismo,
para nosotros, para esta Isla entrañable que nos duele.
¿Encontraste al Bon dieu hermano?
No tengo el preparado de aguardiente
con las yerbas de monte pero bebe, bebe conmigo
este añejo hecho con las mejores aguas de la tierra.
 
¿Los muertos beben solos?

Décimas para una muchacha de la infancia - Waldo Leyva

Iba cruzando la tarde
sobre mi caballo viejo
y era la tarde el espejo
donde bajo el sol aún arde
tu pelo, porque la tarde
siempre nació de tu pelo
y hasta el cielo no era el cielo,
sino el azul de tus ojos
empañado por los rojos
crepúsculos de otro cielo.

Y yo era niño y fundaba
con mi caballo tu risa,
tu risa que era la brisa
de la tarde que pasaba
y con la tarde volaba
hacia la ceja del monte
donde hasta el mismo horizonte,
rojo por el sol poniente,
iba del monte a tu frente
y yo de tu frente al monte.

Ahora es otra tarde y llueve,
pero el agua es de aquel día,
en que la lluvia quería
tallarte el cuerpo, en el breve
espacio donde se mueve
la luz dentro de una gota;
por eso esta lluvia brota
no de las nubes de hoy
sino de un tiempo en que estoy
rehaciéndote gota a gota.