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Tatuajes - Gabriel Chávez Casazola


Una mariposa de tinta se ha posado en la espalda
de esa muchacha.

Una mariposa de tinta que durará más que la lozanía
de la piel donde habita.

Cuando la muchacha sea una anciana, allí estará,
joven aún, la mariposa.

¿Cómo se verá la espalda de la muchacha
cuando la lozanía de su piel haya pasado?

¿Cómo se verá la muchacha que ahora ilumina
la verdulería, como una fruta más para mi mano?

¿Los viejos de mañana se verán como los de hoy
y los de siempre?

¿O serán diferentes, ellas con piercings en los senos caídos
y ellos grandes aretes en las orejas sordas?

¿Volarán mariposas en la espalda de las muchachas viejas,
arrugarán sus alas sobre camas del coma, se marchitarán flores
de tinta dibujadas donde se abren sus nalgas?

Tal vez no pueda verlo, ya yo estaré ido para entonces
con mi mano temblando bajo un jean de mezclilla
o con la mente ausente en la cannabis
procurando aliviar dolores cancerígenos.

Ah, una mariposa de tinta se ha posado en la espalda
de esa muchacha.
Una mariposa de tinta que durará más que su aire.

Cuando ella haya exhalado por vez última
allí estará la mariposa todavía.

¿Echará a volar cuando incineren su morada de carne?

¿Se pudrirá en la tumba como una concubina egipcia?

¿La escuchará alguien volar o quemarse o pudrirse
y podrá venir para contarlo?

¿Escuchará alguien la historia desde la soledad de sus audífonos,
de los grandes aretes en sus orejas sordas?

¿No son estas las viejas preguntas de siempre?

¿Volveré a ver a algún día a la mariposa?
¿Volveré a ver a la muchacha?
¿Continuarán existiendo las verdulerías?

Mientras el río fluye - Gabriel Chávez Casazola

Mientras el río fluye y el barco en él y yo con él
hacia la mar de la que habló Manrique

mientras la luz del atardecer peina el río Mamoré
como una hermana mayor a un hermanito

mientras las últimas garzas surcan el horizonte
perdón, señores,
me es imposible encontrar el sosiego pues
pienso en los borrones de Dios, en sus pequeñas erratas,

en los dos niños corriendo en la calle que vi la otra noche y que jugaban
con cuchillos y con la misma naturalidad
que tendrían tus hijos en casa al hacerlo con sables de jedi,
ya que los cuchillos son su fantasía, la calle es su casa y ella será,
más pronto que tarde, su tumba;

en el taxista al que estrangularon para robarle el equivalente de tres dólares
y un teléfono móvil al que durante horas, inútilmente, le llamaron sus padres
y la novia, madre de los diez hijos que no tendrán, ya imposibles;

en la muchacha a la que quemaron las manos y arrancaron las uñas
y solo piensa en la muerte
en la mujer que abre el sexo por un puñado de pastillas que se la irán tragando
en el anciano que se arrojó al vacío para no ser desalojado de su piso

pienso
en los que en este momento infligen dolor
en quienes lo reciben

en el dolor

en el río de Manrique
en los borrones de Dios

y en Dios
su autor
y autor de los meandros de este río