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La última clase - Alphonse Daudet

Aquella mañana me había retrasado más de la cuenta en ir a la escuela, y me temía una buena reprimenda, porque, además, el señor Hamel nos había anunciado que preguntaría los participios, y yo no sabía ni una jota. No me faltaron ganas de hacer novillos y largarme a través de los campos.

¡Hacía un tiempo tan hermoso, tan claro! Se oía a los mirlos silbar en la linde del bosque, y en el prado Rippert, tras el aserradero, a los prusianos que hacían el ejercicio. Todo esto me atraía mucho más que la regla del participio; pero supe resistir la tentación y corrí apresuradamente hacia la escuela.

Al pasar por delante de la Alcaldía vi una porción de gente parada frente al tablón de anuncios. Por él nos venían desde hacía dos años todas las malas noticias, las batallas perdidas, las requisiciones, las órdenes de la Kommandature, y, sin pararme, me preguntaba para mis adentros: “¿Qué es lo que todavía puede ocurrir?”

Entonces, al verme atravesar la plaza a la carrera, el herrero Watcher, que estaba con su aprendiz leyendo el bando, me gritó:

-No te molestes tanto, muchacho; todavía llegas a la escuela bastante a tiempo.

Me pareció que me hablaba con sorna, y entré sin aliento en el patio de la escuela.

De ordinario, al comenzar la clase, se levantaba un gran alboroto, que se oía hasta en la calle: los pupitres, que abríamos y cerrábamos; las lecciones, que repetíamos a voces todos a un tiempo, tapándonos los oídos para aprenderlas mejor, y la ancha palmeta del maestro, que golpeaba la mesa:

-¡Silencio! ¡Un poco de silencio!

Yo contaba con este jaleo para deslizarme en mi banco sin ser visto; pero precisamente aquel día todo estaba tranquilo como la mañana de un domingo. Por la ventana, abierta, veía a mis compañeros alineados en sus sitios, y al señor Hamel, que pasaba y repasaba, con su terrible palmeta bajo el brazo. No hubo más solución que abrir la puerta y entrar en medio de aquel inmenso silencio. ¡No les digo si estaría avergonzado, ni el pánico que tendría!

Pues bien: ¡no! El señor Hamel me miró sin cólera y me dijo dulcemente:

-Siéntate pronto, hijo mío; íbamos a comenzar sin ti.

Me monté sobre el banco, y en seguida me senté al pupitre. Fue entonces cuando, algo recobrado de mi pavor, eché de ver que el maestro se había puesto su hermosa levita verde, su chorrera rizada y el gorro bordado de seda negra, que sólo sacaba los días de inspección o de distribución de premios. Además, la clase entera tenía un no sabía qué extraordinario, solemne; pero lo que me sorprendió más fue ver en el fondo de la sala, en los bancos que solían quedar desiertos, unos cuantos viejos sentados, silenciosos como nosotros: el anciano Hauser, el antiguo alcalde, el cartero viejo y otros cuantos. Todos ellos parecían tristes, y Hauser había llevado un silabario, roído por los bordes, que sostenía en las rodillas abierto, con las gruesas gafas entre las páginas.

Mientras yo hacía estas extrañas observaciones, el señor Hamel se había subido a su tribuna, y con la misma voz grave y dulce con que me había recibido, nos dijo:

-¡Hijos míos!, es el último día que les doy clase. Ha llegado de Berlín la orden de que no se enseñe más que el alemán en las escuelas de Alsacia y Lorena… El maestro nuevo llega mañana. Hoy es nuestra última lección de francés; les suplico que pongan toda su atención.

Estas cuatro palabras me trastornaron por completo. ¡Miserables! Esto es lo que nos preparaban con el bando de la Alcaldía.

¡Mi última lección de francés! ¡Y yo que apenas sabía escribir! Entonces, ¡yo no lo aprendería nunca! ¡No pasaría de ahí! ¡Cómo me reprochaba a mí mismo el tiempo perdido, los novillos que había hecho para ir a nidos o a patinar sobre el Saar! Mis libros, que hacía poco me aburrían tanto y tanto me pesaban en la mano, mi Gramática, mi Historia Sagrada, ahora me parecían viejos amigos, de quienes me costaría mucho trabajo separarme. Lo mismo que el señor Hamel. La idea de que iba a marcharse, de que ya no lo vería más, me hacía olvidar los castigos y los palmetazos.

¡Pobre hombre! Se había puesto su traje bueno de los domingos en honor a la última clase. Ahora ya comprendía también por qué estos viejos del pueblo habían venido a sentarse en lo último de la sala. Parecía que sentían no haber venido más a menudo; era también una manera de dar las gracias al maestro por sus cuarenta años de buenos servicios, de ofrecer sus respetos a la patria que se marchaba con él…

Estaba en este punto de mis reflexiones, cuando oí que el maestro me llamaba. Me había llegado el turno. ¡Qué no habría dado yo por poder decir de un tirón aquella terrible regla del participio, muy alto, muy claro, sin una sola falta! Pero a las primeras palabras me embrollé, y allí me quedé, de pie, balanceándome en el banco, con el corazón en un puño y sin atreverme a levantar la cabeza. El señor Hamel me iba diciendo:

-No te riño, pobrecito; bastante castigado estás… Pero, mira, las cosas son así. Todos los días nos decimos ¡Bah!, tengo tiempo, ya estudiaré mañana, y luego, aquí tienes lo que pasa. ¡Ay! Ésta ha sido la gran desgracia de nuestra Alsacia: dejar siempre su instrucción para mañana. Ahora esa gente tiene derecho a decirnos: Pero ¿cómo? ¿Pretenden ser franceses y no saben hablar su lengua? De todo ello, tú no tienes mucha culpa; todos nosotros tenemos muchas cosas que echarnos en cara. A sus padres no les ha importado gran cosa verlos instruidos; les parecía mejor mandarlos a trabajar la tierra o a las fábricas, para reunir unos cuantos céntimos más. Y yo mismo, ¿no tengo algo que reprocharme también? ¿No les hacía muchas veces regar mi jardín en vez de estudiar? Y cuando quería irme a pescar truchas, ¿me violentaba algo para mandarlos a paseo?

Y después, de una cosa en otra, el señor Hamel llegó a hablarnos de la lengua francesa, diciendo que era la lengua más hermosa del mundo, la más clara, la más sólida; que era preciso guardarla entre nosotros y no olvidarla nunca, porque cuando un pueblo cae en la esclavitud, si conserva bien la lengua propia, es como si tuviera la llave de la prisión1. Después cogió una gramática y nos leyó la lección; yo estaba asombrado de ver cómo lo comprendía; todo lo que decía me pareció fácil, facilísimo. Acaso fuera que nunca había escuchado con tanta atención y que tampoco él había puesto tanta paciencia en sus explicaciones. Se diría que el pobre quería infundirnos todo su saber antes de marcharse, que nos lo quería meter de golpe en la cabeza.

Cuando hubo terminado la lección pasamos a la escritura. El maestro nos había preparado modelos nuevos, sobre los que había escrito con una hermosa letra redonda: Francia, Alsacia, Francia, Alsacia. Parecían banderitas que ondeaban por toda la clase, colgadas como de un mástil sobre nuestros pupitres. ¡Era de ver cómo nos aplicábamos todos! ¡Qué silencio! No se oía más que el rasguear de las plumas sobre el papel. Por la ventana entraron zumbando unos abejorros; nadie paró en ellos, ni siquiera los pequeñuelos, que no levantaban cabeza, trazando sus palotes con tanta afición como si fueran francés también.

Sobre el tejado de la escuela, las palomas se arrullaban dulcemente; al oírlas me preguntaba: “¿Las obligarán también a arrullarse en alemán?”

De vez en cuando levantaba los ojos de mi plana y veía al señor Hamel, inmóvil en su silla, mirando fijamente los objetos a su alrededor, como si quisiera llevarse en la mirada toda su escuela. ¡Figúrense! Desde hacía cuarenta años estaba allí; en el mismo sitio, con el patio enfrente y la clase siempre parecida; sólo los bancos, los pupitres, se habían lustrado, bruñidos por el uso; los nogales del patio habían crecido, y la enredadera, plantada por su mano, festoneaba las ventanas y subía hasta las tejas. ¡Qué tortura debía ser para aquel pobre hombre dejar todas estas cosas y oír a su hermana, que trajinaba en el piso de encima haciendo las maletas!… Porque debían partir al día siguiente, ¡irse de su tierra para siempre!

Sin embargo, aún tuvo ánimos para darnos la clase de cabo a rabo. Después de la escritura dimos la lección de historia; más tarde, los más pequeños cantaron juntos el ba, be, bi, bo, bu. Allá en lo último de la sala, el viejo Hauser se había puesto los espejuelos, y, con la cartilla abierta, deletreaba a coro con ellos. Se veía que también él se aplicaba; su voz temblaba de emoción y era tan gracioso oírlo, que teníamos ganas de reír y llorar a la vez. ¡Ay! ¡Siempre me acordaré de esta ultima clase!

En esto, el reloj de la iglesia dio las doce; después, sonó el Ángelus. En el mismo momento, los sonidos de las trompetas de los prusianos, que volvían de la instrucción, estallaron bajo las ventanas. El señor Hamel se levantó de su asiento completamente demudado; nunca me había parecido tan grande.

-Hijos míos -dijo-; hijos míos… Yo…, yo…

Pero algo lo ahogaba, y no pudo terminar la frase.

Entonces se volvió hacia la pizarra, cogió la tiza y, calcando con todas sus fuerzas, escribió en trazos tan gruesos como pudo:

“¡VIVA FRANCIA!”

Y allí se quedó, la cabeza apoyada contra la pared. Y, sin hablar, nos hacía con la mano señas que querían decir:

-Se ha acabado… Salgan.


FIN

1. “Si conserva la lengua, tiene la llave que le liberta de sus cadenas”. F. Mistral. (N. del A.)

Cordero asado - Roald Dahl

La habitación estaba limpia y acogedora, las cortinas corridas, las dos lámparas de mesa encendidas, la suya y la de la silla vacía, frente a ella. Detrás, en el aparador, dos vasos altos de whisky. Cubos de hielo en un recipiente.

Mary Maloney estaba esperando a que su marido volviera del trabajo.

De vez en cuando echaba una mirada al reloj, pero sin preocupación, simplemente para complacerse de que cada minuto que pasaba acercaba el momento de su llegada. Tenía un aire sonriente y optimista. Su cabeza se inclinaba hacia la costura con entera tranquilidad. Su piel -estaba en el sexto mes del embarazo- había adquirido un maravilloso brillo, los labios suaves y los ojos, de mirada serena, parecían más grandes y más oscuros que antes.

Cuando el reloj marcaba las cinco menos diez, empezó a escuchar, y pocos minutos más tarde, puntual como siempre, oyó rodar los neumáticos sobre la grava y cerrarse la puerta del coche, los pasos que se acercaban, la llave dando vueltas en la cerradura.

Dejó a un lado la costura, se levantó y fue a su encuentro para darle un beso en cuanto entrara.

-¡Hola, querido! -dijo ella.

-¡Hola! -contestó él.

Ella le colgó el abrigo en el armario. Luego volvió y preparó las bebidas, una fuerte para él y otra más floja para ella; después se sentó de nuevo con la costura y su marido enfrente con el alto vaso de whisky entre las manos, moviéndolo de tal forma que los cubitos de hielo golpeaban contra las paredes del vaso. Para ella ésta era una hora maravillosa del día. Sabía que su esposo no quería hablar mucho antes de terminar la primera bebida, y a ella, por su parte, le gustaba sentarse silenciosamente, disfrutando de su compañía después de tantas horas de soledad. Le gustaba vivir con este hombre y sentir -como siente un bañista al calor del sol- la influencia que él irradiaba sobre ella cuando estaban juntos y solos. Le gustaba su manera de sentarse descuidadamente en una silla, su manera de abrir la puerta o de andar por la habitación a grandes zancadas. Le gustaba esa intensa mirada de sus ojos al fijarse en ella y la forma graciosa de su boca, especialmente cuando el cansancio no le dejaba hablar, hasta que el primer vaso de whisky le reanimaba un poco.

-¿Cansado, querido?

-Sí -respondió él-, estoy cansado.

Mientras hablaba, hizo una cosa extraña. Levantó el vaso y bebió su contenido de una sola vez aunque el vaso estaba a medio llenar.

Ella no lo vio, pero lo intuyó al oír el ruido que hacían los cubitos de hielo al volver a dejar él su vaso sobre la mesa. Luego se levantó lentamente para servirse otro vaso.

-Yo te lo serviré -dijo ella, levantándose.

-Siéntate -dijo él secamente.

Al volver observó que el vaso estaba medio lleno de un líquido ambarino.

-Querido, ¿quieres que te traiga las zapatillas? -Le observó mientras él bebía el whisky-. Creo que es una vergüenza para un policía que se va haciendo mayor, como tú, que le hagan andar todo el día -dijo ella.

El no contestó; Mary Maloney inclinó la cabeza de nuevo y continuó con su costura. Cada vez que él se llevaba el vaso a los labios se oía golpear los cubitos contra el cristal.

-Querido, ¿quieres que te traiga un poco de queso? No he hecho cena porque es jueves.

-No -dijo él.

-Si estás demasiado cansado para comer fuera -continuó ella-, no es tarde para que lo digas. Hay carne y otras cosas en la nevera y te lo puedo servir aquí para que no tengas que moverte de la silla.

Sus ojos se volvieron hacia ella; Mary esperó una respuesta, una sonrisa, un signo de asentimiento al menos, pero él no hizo nada de esto.

-Bueno -agregó ella-, te sacaré queso y unas galletas.

-No quiero -dijo él.

Ella se movió impaciente en la silla, mirándole con sus grandes ojos.

-Debes cenar. Yo lo puedo preparar aquí, no me molesta hacerlo. Tengo chuletas de cerdo y cordero, lo que quieras, todo está en la nevera.

-No me apetece -dijo él.

-¡Pero querido! ¡Tienes que comer! Te lo sacaré y te lo comes, si te apetece.

Se levantó y puso la costura en la mesa, junto a la lámpara.

-Siéntate -dijo él-, siéntate sólo un momento. Desde aquel instante, ella empezó a sentirse atemorizada -. Vamos -dijo él-, siéntate.

Se sentó de nuevo en su silla, mirándole todo el tiempo con sus grandes y asombrados ojos. Él había acabado su segundo vaso y tenía los ojos bajos.

-Tengo algo que decirte.

-¿Qué es ello, querido? ¿Qué pasa?

El se había quedado completamente quieto y mantenía la cabeza agachada de tal forma que la luz de la lámpara le daba en la parte alta de la cara, dejándole la barbilla y la boca en la oscuridad.

-Lo que voy a decirte te va a trastornar un poco, me temo -dijo-, pero lo he pensado bien y he decidido que lo mejor que puedo hacer es decírtelo en seguida. Espero que no me lo reproches demasiado.

Y se lo dijo. No tardó mucho, cuatro o cinco minutos como máximo. Ella no se movió en todo el tiempo, observándolo con una especie de terror mientras él se iba separando de ella más y más, a cada palabra.

-Eso es todo -añadió-, ya sé que es un mal momento para decírtelo, pero no hay otro modo de hacerlo. Naturalmente, te daré dinero y procuraré que estés bien cuidada. Pero no hay necesidad de armar un escándalo. No sería bueno para mi carrera.

Su primer impulso fue no creer una palabra de lo que él había dicho. Se le ocurrió que quizá él no había hablado, que era ella quien se lo había imaginado todo. Quizá si continuara su trabajo como si no hubiera oído nada, luego, cuando hubiera pasado algún tiempo, se encontraría con que nada había ocurrido.

-Prepararé la cena -dijo con voz ahogada.

Esta vez él no contestó.

Mary se levantó y cruzó la habitación. No sentía nada, excepto un poco de náuseas y mareo. Actuaba como un autómata. Bajó hasta la bodega, encendió la luz y metió la mano en el congelador, sacando el primer objeto que encontró. Lo sacó y lo miró. Estaba envuelto en papel, así que lo desenvolvió y lo miró de nuevo.

Era una pierna de cordero.

Muy bien, cenarían pierna de cordero. Subió con el cordero entre las manos y al entrar en el cuarto de estar encontró a su marido de pie junto a la ventana, de espaldas a ella.

Se detuvo.

-Por el amor de Dios -dijo él al oírla, sin volverse-, no hagas cena para mí. Voy a salir.

En aquel momento, Mary Maloney se acercó a él por detrás y sin pensarlo dos veces levantó la pierna de cordero congelada y le golpeó en la parte trasera de la cabeza tan fuerte como pudo. Fue como si le hubiera pegado con una barra de acero. Retrocedió un paso, esperando a ver qué pasaba, y lo gracioso fue que él quedó tambaleándose unos segundos antes de caer pesadamente en la alfombra.

La violencia del golpe, el ruido de la mesita al caer por haber sido empujada, la ayudaron a salir de su ensimismamiento.

Salió retrocediendo lentamente, sintiéndose fría y confusa, y se quedó por unos momentos mirando el cuerpo inmóvil de su marido, apretando entre sus dedos el ridículo pedazo de carne que había empleado para matarle.

«Bien -se dijo a sí misma-, ya lo has matado.»

Era extraordinario. Ahora lo veía claro. Empezó a pensar con rapidez. Como esposa de un detective, sabía cuál sería el castigo; de acuerdo. A ella le era indiferente. En realidad sería un descanso. Pero por otra parte. ¿Y el niño? ¿Qué decía la ley acerca de las asesinas que iban a tener un hijo? ¿Los mataban a los dos, madre e hijo? ¿Esperaban hasta el noveno mes? ¿Qué hacían?

Mary Maloney lo ignoraba y no estaba dispuesta a arriesgarse.

Llevó la carne a la cocina, la puso en el horno, encendió éste y la metió dentro. Luego se lavó las manos y subió a su habitación. Se sentó delante del espejo, arregló su cara, puso un poco de rojo en los labios y polvo en las mejillas. Intentó sonreír, pero le salió una mueca. Lo volvió a intentar.

-Hola, Sam -dijo en voz alta. La voz sonaba rara también-. Quiero patatas, Sam, y también una lata de guisantes.

Eso estaba mejor. La sonrisa y la voz iban mejorando. Lo ensayó varias veces. Luego bajó, cogió el abrigo y salió a la calle por la puerta trasera del jardín.

Todavía no eran las seis y diez y había luz en las tiendas de comestibles.

-Hola, Sam -dijo sonriendo ampliamente al hombre que estaba detrás del mostrador.

-¡Oh, buenas noches, señora Maloney! ¿Cómo está?

-Muy bien, gracias. Quiero patatas, Sam, y una lata de guisantes.

El hombre se volvió de espaldas para alcanzar la lata de guisantes.

-Patrick dijo que estaba cansado y no quería cenar fuera esta noche -le dijo-. Siempre solemos salir los jueves y no tengo verduras en casa.

-¿Quiere carne, señora Maloney?

-No, tengo carne, gracias. Hay en la nevera una pierna de cordero.

-¡Oh!

-No me gusta asarlo cuando está congelado, pero voy a probar esta vez. ¿Usted cree que saldrá bien?

-Personalmente -dijo el tendero-, no creo que haya ninguna diferencia. ¿Quiere estas patatas de Idaho?

-¡Oh, sí, muy bien! Dos de ésas.

-¿Nada más? -El tendero inclinó la cabeza, mirándola con simpatía-. ¿Y para después? ¿Qué le va a dar luego?

-Bueno. ¿Qué me sugiere, Sam?

El hombre echó una mirada a la tienda.

-¿Qué le parece una buena porción de pastel de queso? Sé que le gusta a Patrick.

-Magnífico -dijo ella-, le encanta.

Cuando todo estuvo empaquetado y pagado, sonrió agradablemente y dijo:

-Gracias, Sam. Buenas noches.

Ahora, se decía a sí misma al regresar, iba a reunirse con su marido, que la estaría esperando para cenar; y debía cocinar bien y hacer comida sabrosa porque su marido estaría cansado; y si cuando entrara en la casa encontraba algo raro, trágico o terrible, sería un golpe para ella y se volvería histérica de dolor y de miedo. ¿Es que no lo entienden? Ella no esperaba encontrar nada. Simplemente era la señora Maloney que volvía a casa con las verduras un jueves por la tarde para preparar la cena a su marido.

«Eso es -se dijo a sí misma-, hazlo todo bien y con naturalidad. Si se hacen las cosas de esta manera, no habrá necesidad de fingir.»

Por lo tanto, cuando entró en la cocina por la puerta trasera, iba canturreando una cancioncilla y sonriendo.

-¡Patrick! -llamó-, ¿dónde estás, querido? Puso el paquete sobre la mesa y entró en el cuarto de estar. Cuando le vio en el suelo, con las piernas dobladas y uno de los brazos debajo del cuerpo, fue un verdadero golpe para ella.

Todo su amor y su deseo por él se despertaron en aquel momento. Corrió hacia su cuerpo, se arrodilló a su lado y empezó a llorar amargamente. Fue fácil, no tuvo que fingir.

Unos minutos más tarde, se levantó y fue al teléfono. Sabía el número de la jefatura de Policía, y cuando le contestaron al otro lado del hilo, ella gritó:

-¡Pronto! ¡Vengan en seguida! ¡Patrick ha muerto!

-¿Quién habla?

-La señora Maloney, la señora de Patrick Maloney.

-¿Quiere decir que Patrick Maloney ha muerto?

-Creo que sí -gimió ella-. Está tendido en el suelo y me parece que está muerto.

-Iremos en seguida -dijo el hombre.

El coche vino rápidamente. Mary abrió la puerta a los dos policías. Los reconoció a los dos en seguida -en realidad conocía a casi todos los del distrito- y se echó en los brazos de Jack Nooan, llorando histéricamente. El la llevó con cuidado a una silla y luego fue a reunirse con el otro, que se llamaba O’Malley, el cual estaba arrodillado al lado del cuerpo inmóvil.

-¿Está muerto? -preguntó ella.

-Me temo que sí… ¿qué ha ocurrido?

Brevemente, le contó que había salido a la tienda de comestibles y al volver lo encontró tirado en el suelo. Mientras ella hablaba y lloraba, Nooan descubrió una pequeña herida de sangre cuajada en la cabeza del muerto. Se la mostró a O’Malley y éste, levantándose, fue derecho al teléfono.

Pronto llegaron otros policías. Primero un médico, después dos detectives, a uno de los cuales conocía de nombre. Más tarde, un fotógrafo dela Policía que tomó algunos planos y otro hombre encargado de las huellas dactilares. Se oían cuchicheos por la habitación donde yacía el muerto y los detectives le hicieron muchas preguntas. No obstante, siempre la trataron con amabilidad.

Volvió a contar la historia otra vez, ahora desde el principio. Cuando Patrick llegó ella estaba cosiendo, y él se sintió tan fatigado que no quiso salir a cenar. Dijo que había puesto la carne en el horno -allí estaba, asándose- y se había marchado a la tienda de comestibles a comprar verduras. De vuelta lo había encontrado tendido en el suelo.

-¿A qué tienda ha ido usted? -preguntó uno de los detectives.

Se lo dijo, y entonces el detective se volvió y musitó algo en voz baja al otro detective, que salió inmediatamente a la calle.

«…, parecía normal…, muy contenta…, quería prepararle una buena cena…, guisantes…, pastel de queso…, imposible que ella…»

Transcurrido algún tiempo el fotógrafo y el médico se marcharon y los otros dos hombres entraron y se llevaron el cuerpo en una camilla. Después se fue el hombre de las huellas dactilares. Los dos detectives y los policías se quedaron. Fueron muy amables con ella; Jack Nooan le preguntó si no se iba a marchar a otro sitio, a casa de su hermana, quizá, o con su mujer, que cuidaría de ella y la acostaría.

-No -dijo ella.

No creía en la posibilidad de que pudiera moverse ni un solo metro en aquel momento. ¿Les importaría mucho que se quedara allí hasta que se encontrase mejor? Todavía estaba bajo los efectos de la impresión sufrida.

-Pero ¿no sería mejor que se acostara un poco? -preguntó Jack Nooan.

-No -dijo ella.

Quería estar donde estaba, en esa silla. Un poco más tarde, cuando se sintiera mejor, se levantaría.

La dejaron mientras deambulaban por la casa, cumpliendo su misión. De vez en cuando uno de los detectives le hacía una pregunta. También Jack Nooan le hablaba cuando pasaba por su lado. Su marido, le dijo, había muerto de un golpe en la cabeza con un instrumento pesado, casi seguro una barra de hierro. Ahora buscaban el arma. El asesino podía habérsela llevado consigo, pero también cabía la posibilidad de que la hubiera tirado o escondido en alguna parte.

-Es la vieja historia -dijo él-, encontraremos el arma y tendremos al criminal.

Más tarde, uno de los detectives entró y se sentó a su lado.

-¿Hay algo en la casa que pueda haber servido como arma homicida? -le preguntó-. ¿Le importaría echar una mirada a ver si falta algo, un atizador, por ejemplo, o un jarrón de metal?

-No tenemos jarrones de metal -dijo ella.

-¿Y un atizador?

-No tenemos atizador, pero puede haber algo parecido en el garaje.

La búsqueda continuó.

Ella sabía que había otros policías rodeando la casa. Fuera, oía sus pisadas en la grava y a veces veía la luz de una linterna infiltrarse por las cortinas de la ventana. Empezaba a hacerse tarde, eran cerca de las nueve en el reloj de la repisa de la chimenea. Los cuatro hombres que buscaban por las habitaciones empezaron a sentirse fatigados.

-Jack -dijo ella cuando el sargento Nooan pasó a su lado-, ¿me quiere servir una bebida?

-Sí, claro. ¿Quiere whisky?

-Sí, por favor, pero poco. Me hará sentir mejor. Le tendió el vaso.

-¿Por qué no se sirve usted otro? -dijo ella-; debe de estar muy cansado; por favor, hágalo, se ha portado muy bien conmigo.

-Bueno -contestó él-, no nos está permitido, pero puedo tomar un trago para seguir trabajando.

Uno a uno, fueron llegando los otros y bebieron whisky. Estaban un poco incómodos por la presencia de ella y trataban de consolarla con inútiles palabras.

El sargento Nooan, que rondaba por la cocina, salió y dijo:

-Oiga, señora Maloney. ¿Sabe que tiene el horno encendido y la carne dentro?

-¡Dios mío! -gritó ella-. ¡Es verdad!

-¿Quiere que vaya a apagarlo?

-¿Sería tan amable, Jack? Muchas gracias.

Cuando el sargento regresó por segunda vez lo miró con sus grandes y profundos ojos.

-Jack Nooan -dijo.

-¿Sí?

-¿Me harán un pequeño favor, usted y los otros?

-Si está en nuestras manos, señora Maloney…

-Bien -dijo ella-. Aquí están ustedes, todos buenos amigos de Patrick, tratando de encontrar al hombre que lo mató. Deben de estar hambrientos porque hace rato que ha pasado la hora de la cena, y sé que Patrick, que en gloria esté, nunca me perdonaría que estuviesen en su casa y no les ofreciera hospitalidad. ¿Por qué no se comen el cordero que está en el horno? Ya estará completamente asado.

-Ni pensarlo -dijo el sargento Nooan.

-Por favor -pidió ella-, por favor, cómanlo. Yo no voy a tocar nada de lo que había en la casa cuando él estaba aquí, pero ustedes sí pueden hacerlo. Me harían un favor si se lo comieran. Luego, pueden continuar su trabajo.

Los policías dudaron un poco, pero tenían hambre y al final decidieron ir a la cocina y cenar. La mujer se quedó donde estaba, oyéndolos a través de la puerta entreabierta. Hablaban entre sí a pesar de tener la boca llena de comida.

-¿Quieres más, Charlie?

-No, será mejor que no lo acabemos.

-Pero ella quiere que lo acabemos, eso fue lo que dijo. Le hacemos un favor.

-Bueno, dame un poco más.

-Debe de haber sido un instrumento terrible el que han usado para matar al pobre Patrick —decía uno de ellos—, el doctor dijo que tenía el cráneo hecho trizas.

-Por eso debería ser fácil de encontrar.

-Eso es lo que a mí me parece.

-Quienquiera que lo hiciera no iba a llevar una cosa así, tan pesada, más tiempo del necesario. Uno de ellos eructó:

-Mi opinión es que tiene que estar aquí, en la casa.

-Probablemente bajo nuestras propias narices. ¿Qué piensas tú, Jack?

En la otra habitación, Mary Maloney empezó a reírse entre dientes.

La peluca - Brady Udall

Mi hijo, de ocho años, ha encontrado una peluca esta mañana en el contenedor de basura. Cuando he entrado en la cocina, muy irritado porque no conseguía hacer un nudo decente en mi corbata verde con estampado de cachemira, me lo he encontrado sentado a la mesa, comiendo cereales y leyendo las tiras cómicas del periódico con aquello encajado en la cabeza como si se tratara de un casco de fútbol americano. La peluca era una sucia mata de pelo rubio rizado, del tipo que uno esperaría ver en una prostituta o en alguien que estuviera intentando imitar a Marilyn Monroe.

Le he preguntado de dónde la había sacado y me lo ha dicho, con la boca llena de cereales. Cuando le he indicado que no debía ponerse las cosas que encontraba en la basura, simplemente ha seguido comiendo y leyendo como si no me hubiera oído. Quería que se quitara aquella peluca, pero no me veía capaz de pedírselo. Me he olvidado de la corbata y del trabajo y he observado por la ventana cómo una neblina descendía lentamente sobre la calle. He empezado a andar con nerviosismo del salón a la cocina y de la cocina al salón, esforzándome por no mirar a mi hijo, que seguía ignorándome. Podía oírle masticar cereales y pasar las páginas. Había una imagen —o un recuerdo, real o imaginado— que no podía quitarme de la cabeza. La primavera pasada, antes del accidente, mi mujer estaba sentada en la silla en la que ahora se sienta mi hijo siempre. Estaba leyendo el periódico, para ver qué tal lo habían hecho los Blackhawks la noche anterior, y su pelo, despeinado todavía por el sueño, era apenas un poco más largo y un poco más oscuro que el de la peluca de mi hijo.

Me preguntaba si él tenía una imagen similar en su cabeza, en el caso de que tuviera alguna. Me he quedado mirándolo hasta que por fin ha levantado la vista, pero no había expresión alguna en su rostro. Después ha vuelto a centrar su atención en las viñetas. He rodeado la mesa, lo he levantado y lo he abrazado. He hundido la nariz en la peluca, creo que con la esperanza de aspirar una fresca fragancia a champú, pero en su lugar he encontrado un olor a lechuga rancia. Supongo que a esas alturas ya no importaba demasiado. Mi hijo ha puesto sus brazos suaves alrededor de mi cuello y, durante lo que han sido quizá unos pocos segundos, hemos vuelto a estar juntos, los tres.

Lucía o las palomas desaparecidas - Evelio Rosero

Una mañana despertamos y vimos que las palomas habían desaparecido. Cuentan los últimos que las vieron que las palomas volaban desesperadas, trazando con gran violencia extraños jeroglíficos en el cielo, letras y palabras y después versos enteros, igual que un poema infinito que ninguno lograba entender, pues estaba pensado en un alfabeto desconocido. Aquello había sido un revuelo de plumas, una blanca llovizna de hielo.
  Y no supimos desde entonces de una sola paloma, ninguna paloma en ningún cielo.
  Lucía y yo nos preguntamos qué ocurriría con las palomas, a dónde se fueron, o quién las raptaría. El mundo resulta muy distinto sin palomas, sin sus pequeños cuerpos alados como pedazos de luz cruzando los pueblos. Jamás podremos olvidar a las palomas.
  Ver volar una paloma era como si voláramos, como cuando uno eleva una cometa y la cometa vuela lejos y uno cree que uno es la cometa, entre las nubes.
  Con Lucía solíamos pensar en las palomas, para no olvidarnos.
  —¿Cómo era que sonaba una paloma?
  Me pongo a imaginar una paloma con cara de Lucía, echándose a volar igual que una sonrisa por los cielos, largos los cabellos como alas. Pero no se lo cuento a Lucía. Solo sé que yo he pensado en Lucía como si fuera una paloma. La última paloma.
  A Lucía le gustaba tener palomas mensajeras. Las criaba en el techo de la casa, y les hablaba. Con ellas enviaba mensajes a muchas partes del mundo, y desde muchas partes del mundo le contestaban, llegaban mensajes nuevos para Lucía, traídos por otras palomas mensajeras. Ahora, como no hay palomas, no hay mensajes. Ningún mensaje atraviesa estos cielos.
  De verdad, este mundo se ha quedado sin palomas.
  —Las palomas lo dejaron —me dijo Lucía.
  ¿Por qué no dije que ella era la última paloma?
 

   Es de noche ahora y Lucía acaba de revelarme que también las estrellas se fueron, como las palomas. Se apagaron, intempestivas, como cuando se apaga una vela con un suspiro. No hay más estrellas en el cielo, a pesar de que miremos y miremos y los ojos se caigan de sueño.
  Y además la luna se ha ido. Lo que estamos viendo es una inmensa sábana negra. Se han ido las estrellas y la luna, deshabitándonos de luz. ¿Qué seguirá? Las noches sin estrellas y sin luna son noches sin ventanas. La luna era algo iluminado que teníamos desde que nacimos, y se ha ido, como si fuéramos nosotros mismos los que nos vamos lejos de nosotros, para siempre, y sin despedirnos.
  Y los pájaros, las aves, todas las aves marcharon, como las palomas. Las palomas fueron las primeras.
  «Lucía», pienso, «tú eres la última ave.» Pero no se lo digo a Lucía.
  ¿Por qué no se lo dije?
  Y se han ido las guitarras, y los espejos. No hemos extrañado tanto los espejos, pero sí las guitarras. Antes había una guitarra en cada casa, y de vez en cuando sonaba una canción; ahora no hay una sola guitarra en este pueblo. ¿Cómo eran las guitarras, cuál su quejido, su alarido, su alegría?
  Al contrario de los espejos, los gatos desaparecidos sí nos preocuparon. «Les llegó el paraíso a los ratones», dijo Lucía. Pero también los ratones habían desaparecido. Y los perros. Y se hicieron humo los caballos, sus relinchos, sus sudorosas carreras, y los conejos, todos ellos desaparecieron, se volatizaron, y desde otras partes del mundo supimos que desaparecieron los elefantes, los tigres y las jirafas, y en este mismo momento se están haciendo invisibles los micos, las ranas y las vacas, y los lápices, los papeles, los bombillos, las ventanas, los colores y sabores y hasta los bailes a solas, porque de pronto comprendemos que son muchas las cosas que hemos perdido, muchos los seres, acaso para siempre, y sin que supiéramos a qué horas, sin que nos diéramos cuenta, como si ya empezáramos a acostumbrarnos a que desaparezcan de nosotros las cosas que nunca antes desaparecieron. Así, han desaparecido los paseos a la montaña, los besos a escondidas, los árboles, las flores. A otros se les han desaparecido los relojes, las billeteras, y otros dicen que también han desaparecido los sombreros. «Busquen un sombrero y no lo encuentran», dicen.
  A mí no me importa. No me importan los sombreros desaparecidos, ni las chimeneas, ni las iglesias, ni las paredes, ni los cielos.
  Solo sé que también Lucía ha desaparecido.
  Desapareció Lucía y es como si el mundo entero se hubiera ido.
  Estaba cada vez más pensativa, más sola, parecía enferma, parecía ajena, o ida, o dormida, o sencillamente no parecía. No le era posible una vida sin luna, sin aves.
  Se fue a buscar a los que se fueron.
  Yo quiero buscarla, ahora; tiene que estar en algún lugar: el mundo está hecho de lugares, de modo que podré encontrarla en cualquier lugar, aunque la encuentre sola como antes, sin estrellas y sin luna, sin sus palomas mensajeras.
  Así empecé a caminar. Y mi afán por encontrarla era tanto que olvidé ponerme los zapatos.
 

  El primer día tuve un espejismo: creí verla, rodeada de palomas y de flores —la luna detrás, y las estrellas; unas gallinas picoteaban una calabaza; en las cuerdas de una guitarra un gato caminaba sonoramente; un perro negro perseguía su cola en círculos eternos. Lucía llevaba al cuello un collar de cerezas, y en su pelo resplandecía un manojo de lirios, ¿me arrojaba un pañuelo?
  Cuando eché a correr a ella, con los brazos abiertos, me di de narices contra un árbol, ¿no habían desaparecido los árboles? Comprendí que aquel árbol había decidido esperar a golpearme antes de desaparecer. Era un árbol burlón. Luego de golpearme desapareció por entero, como una verde risotada.
  «Adiós, Lucía —pensé sin esperanzas—. Acaso nunca pueda encontrarte.»
  Y vi que las montañas desaparecían, y la hierba, y cada desaparecimiento era un gran susto, como cuando uno descubre que hay un fantasma escondido debajo de la cama, ¿qué fantasma es?, y uno vuelve a asomarse y el fantasma sigue ahí, no desaparece, y no se trata de ninguna pesadilla, el fantasma sigue ahí, y, por el contrario, desaparecen la cama y las almohadas, uno mismo desaparece, y el fantasma sigue ahí, más real que nosotros.
  Vi que todo desaparecía, que tampoco yo estaba, que también yo había desaparecido, que era yo el desaparecido. Pero no, yo sí estaba. Era el sol el que no estaba: no pude verme porque la luz del sol había desaparecido, el sol entero se había ido. Fue como si el mundo se hubiera ido.
  Y sin el sol cómo encontrarte, Lucía.
  —Nos hará más frío —dijo una voz a mi lado. Escalofriado, entendí que era la voz de Lucía.
  —Lucía —dije, y repetí cientos de veces su nombre.
  A nuestro alrededor las voces del mundo deambulaban cogidas de la mano, para no extraviarse.
  —¿En dónde estabas? —le pregunté a Lucía.
  Me respondió que todo ese tiempo había estado buscándome, hasta encontrarme. Así me lo dijo:
  —Todo este tiempo he estado buscándote, hasta encontrarte.
  —Y yo te encontré cuando ya no lo creía —dije.
  Nos encontramos con Lucía cuando la tierra era un desierto a oscuras. Nos abrazamos y nos dormimos y soñamos lo mismo: soñamos que todo esto era un sueño. Que despertábamos y encontrábamos el mundo como antes, con palomas, con estrellas, con guitarras. Pero solo se trataba de un sueño. En realidad, la tierra misma había desaparecido. El silencio era una vasta planicie. Un abismo giraba alrededor. Extendí los brazos y no encontré a Lucía. Pensé que también Lucía había desaparecido y me espanté, como si en este mismo momento este libro desapareciera de tus manos.
  —Lucía —grité, y en eso una última estrella fugaz, como una alegría, como un destino, pintó de luz el universo, y entonces nos vimos con Lucía.
  Pudimos vernos con Lucía, nos miramos.
  Por lo menos nosotros no habíamos desaparecido.

Un ángel terrible - Juan Manuel Roca

“Todo ángel es terrible”
Rainer María Rilke.

En cercanías de la Plaza de Bolívar se desató la refriega entre los manifestantes y la policía. Un bando enardecido arrojaba heridas con unas catapústulas de fabricación casera. El otro bando, mejor armado por tratarse de un cuerpo policial, lo hacía con un lanzallagas de origen norteamericano. Las piedras volaban como pájaros inertes, muertos en pleno vuelo. Era una verdadera granizada lunar, un diluvio de guijarros. El niño tenía, a simple ojo, unos cinco años, un balón en la jarra de su brazo derecho, la cabeza abierta y el rostro ensangrentado. Antes de caer desmayado en el sardinel y de soltar el balón que rodó con desgano los peldaños del atrio de la catedral, el pequeño empinó su voz hacia un sargento para lanzar lo que suponía un grito de feroz amenaza: “se lo voy a decir a mi mamá”. Al día siguiente cayó la dictadura.

La tentación del fracaso (fragmento) - Julio Ramón Ribeyro

26 de agosto

De mi madre, hasta hace poco, sólo conocí el rostro de entrecasa: el rostro de la preocupación, de la fatiga, de la reprimenda, de la inquietud. Ese rostro venía desde que nuestro padre estuvo vivo y fue el que nos tocó heredar, con todas sus arrugas, y otras más que nosotros fuimos cavando, siempre en el sentido del sufrimiento. Pero aun fuera de casa, en casa de nuestros parientes, mi madre conservaba su expresión torturada, porque siempre, en fiestas y cumpleaños, le tocaba a ella la parte dura, la faena de la cocina, la riña con las sirvientas y el albur de los platos rotos.

Sin embargo, una tarde descubrí que mi madre tenía otro rostro. ¿Por qué fui a esa kermesse del Parque de Miraflores?

Era un feo domingo y además una kermesse organizada por la Parroquia de Santa Cruz: el dinero recolectado iba a engrosar el capital de alguna banda de curas. No recordaba en ese momento que mi madre, como feligresa de esa parroquia, formaba parte del comité organizador de dicha tómbola.

Estuve vagando por los kioscos entre multitud de mujeres que yo conocí chiquillas y que ahora andaban casadas y habían procreado otras chiquillas. Me aburría enormemente, comí anticuchos y no los pagué, aprovechando del tumulto. De pronto me vi ante un kiosco donde rifaban, mediante una gigantesca rueda de la fortuna, multitud de canastas que contenían bebidas y alimentos. Fue entonces cuando vi el rostro. Al principio no lo reconocí: pero era mi madre la que estaba a cargo del kiosco, detrás del mostrador, sudorosa, arrebatada como siempre, pero esta vez su fatiga, lejos de envejecerla, le daba una radiante lozanía. Su rostro me hizo recordar al de sus fotografías de juventud: un rostro alegre, gracioso, invitador, ante el cual cedían los clientes y se enrolaban en la lotería, y hasta una voz distinta, que se dirigía a todos y cada uno, invitándolos dichosamente a tomar parte en el juego. Yo, oculto entre la multitud, estuve observando ese rostro, sin atreverme a acercarme, porque estaba seguro de que si me divisaba, caería sobre él toda la sombra que era capaz de contagiarle mi presencia.

Y por eso me fui, avergonzado, remordido, porque tal vez ése, y solamente ése, era el verdadero rostro de mi madre.

La pata de mono - W.W. Jacobs

La noche era fría y húmeda, pero en la pequeña sala de Laburnum Villa los postigos estaban cerrados y el fuego ardía vivamente. Padre e hijo jugaban al ajedrez. El primero tenía ideas personales sobre el juego y ponía al rey en tan desesperados e inútiles peligros que provocaba el comentario de la vieja señora que tejía plácidamente junto a la chimenea.

-Oigan el viento -dijo el señor White; había cometido un error fatal y trataba de que su hijo no lo advirtiera.

-Lo oigo -dijo éste moviendo implacablemente la reina-. Jaque.

-No creo que venga esta noche -dijo el padre con la mano sobre el tablero.

-Mate -contestó el hijo.

-Esto es lo malo de vivir tan lejos -vociferó el señor White con imprevista y repentina violencia-. De todos los suburbios, este es el peor. El camino es un pantano. No se qué piensa la gente. Como hay sólo dos casas alquiladas, no les importa.

-No te aflijas, querido -dijo suavemente su mujer-, ganarás la próxima vez.

El señor White alzó la vista y sorprendió una mirada de complicidad entre madre e hijo. Las palabras murieron en sus labios y disimuló un gesto de fastidio.

-Ahí viene -dijo Herbert White al oír el golpe del portón y unos pasos que se acercaban. Su padre se levantó con apresurada hospitalidad y abrió la puerta; le oyeron condolerse con el recién venido.

Luego, entraron. El forastero era un hombre fornido, con los ojos salientes y la cara rojiza.

-El sargento mayor Morris -dijo el señor White, presentándolo. El sargento les dio la mano, aceptó la silla que le ofrecieron y observó con satisfacción que el dueño de casa traía whisky y unos vasos y ponía una pequeña pava de cobre sobre el fuego.

Al tercer vaso, le brillaron los ojos y empezó a hablar. La familia miraba con interés a ese forastero que hablaba de guerras, de epidemias y de pueblos extraños.

-Hace veintiún años -dijo el señor White sonriendo a su mujer y a su hijo-. Cuando se fue era apenas un muchacho. Mírenlo ahora.

-No parece haberle sentado tan mal -dijo la señora White amablemente.

-Me gustaría ir a la India -dijo el señor White-. Sólo para dar un vistazo.

-Mejor quedarse aquí -replicó el sargento moviendo la cabeza. Dejó el vaso y, suspirando levemente, volvió a sacudir la cabeza.

-Me gustaría ver los viejos templos y faquires y malabaristas -dijo el señor White-. ¿Qué fue, Morris, lo que usted empezó a contarme los otros días, de una pata de mono o algo por el estilo?

-Nada -contestó el soldado apresuradamente-. Nada que valga la pena oír.

-¿Una pata de mono? -preguntó la señora White.

-Bueno, es lo que se llama magia, tal vez -dijo con desgana el militar.

Sus tres interlocutores lo miraron con avidez. Distraídamente, el forastero llevó la copa vacía a los labios: volvió a dejarla. El dueño de casa la llenó.

-A primera vista, es una patita momificada que no tiene nada de particular -dijo el sargento mostrando algo que sacó del bolsillo.

La señora retrocedió, con una mueca. El hijo tomó la pata de mono y la examinó atentamente.

-¿Y qué tiene de extraordinario? -preguntó el señor White quitándosela a su hijo, para mirarla.

-Un viejo faquir le dio poderes mágicos -dijo el sargento mayor-. Un hombre muy santo… Quería demostrar que el destino gobierna la vida de los hombres y que nadie puede oponérsele impunemente. Le dio este poder: Tres hombres pueden pedirle tres deseos.

Habló tan seriamente que los otros sintieron que sus risas desentonaban.

-Y usted, ¿por qué no pide las tres cosas? -preguntó Herbert White.

El sargento lo miró con tolerancia.

-Las he pedido -dijo, y su rostro curtido palideció.

-¿Realmente se cumplieron los tres deseos? -preguntó la señora White.

-Se cumplieron -dijo el sargento.

-¿Y nadie más pidió? -insistió la señora.

-Sí, un hombre. No sé cuáles fueron las dos primeras cosas que pidió; la tercera fue la muerte. Por eso entré en posesión de la pata de mono.

Habló con tanta gravedad que produjo silencio.

-Morris, si obtuvo sus tres deseos, ya no le sirve el talismán -dijo, finalmente, el señor White-. ¿Para qué lo guarda?

El sargento sacudió la cabeza:

-Probablemente he tenido, alguna vez, la idea de venderlo; pero creo que no lo haré. Ya ha causado bastantes desgracias. Además, la gente no quiere comprarlo. Algunos sospechan que es un cuento de hadas; otros quieren probarlo primero y pagarme después.

-Y si a usted le concedieran tres deseos más -dijo el señor White-, ¿los pediría?

-No sé -contestó el otro-. No sé.

Tomó la pata de mono, la agitó entre el pulgar y el índice y la tiró al fuego. White la recogió.

-Mejor que se queme -dijo con solemnidad el sargento.

-Si usted no la quiere, Morris, démela.

-No quiero -respondió terminantemente-. La tiré al fuego; si la guarda, no me eche la culpa de lo que pueda suceder. Sea razonable, tírela.

El otro sacudió la cabeza y examinó su nueva adquisición. Preguntó:

-¿Cómo se hace?

-Hay que tenerla en la mano derecha y pedir los deseos en voz alta. Pero le prevengo que debe temer las consecuencias.

-Parece de Las mil y una noches -dijo la señora White. Se levantó a preparar la mesa-. ¿No le parece que podrían pedir para mí otro par de manos?

El señor White sacó del bolsillo el talismán; los tres se rieron al ver la expresión de alarma del sargento.

-Si está resuelto a pedir algo -dijo agarrando el brazo de White- pida algo razonable.

El señor White guardó en el bolsillo la pata de mono. Invitó a Morris a sentarse a la mesa. Durante la comida el talismán fue, en cierto modo, olvidado. Atraídos, escucharon nuevos relatos de la vida del sargento en la India.

-Si en el cuento de la pata de mono hay tanta verdad como en los otros -dijo Herbert cuando el forastero cerró la puerta y se alejó con prisa, para alcanzar el último tren-, no conseguiremos gran cosa.

-¿Le diste algo? -preguntó la señora mirando atentamente a su marido.

-Una bagatela -contestó el señor White, ruborizándose levemente-. No quería aceptarlo, pero lo obligué. Insistió en que tirara el talismán.

-Sin duda -dijo Herbert, con fingido horror-, seremos felices, ricos y famosos. Para empezar tienes que pedir un imperio, así no estarás dominado por tu mujer.

El señor White sacó del bolsillo el talismán y lo examinó con perplejidad.

-No se me ocurre nada para pedirle -dijo con lentitud-. Me parece que tengo todo lo que deseo.

-Si pagaras la hipoteca de la casa serías feliz, ¿no es cierto? -dijo Herbert poniéndole la mano sobre el hombro-. Bastará con que pidas doscientas libras.

El padre sonrió avergonzado de su propia credulidad y levantó el talismán; Herbert puso una cara solemne, hizo un guiño a su madre y tocó en el piano unos acordes graves.

-Quiero doscientas libras -pronunció el señor White.

Un gran estrépito del piano contestó a sus palabras. El señor White dio un grito. Su mujer y su hijo corrieron hacia él.

-Se movió -dijo, mirando con desagrado el objeto, y lo dejó caer-. Se retorció en mi mano como una víbora.

-Pero yo no veo el dinero -observó el hijo, recogiendo el talismán y poniéndolo sobre la mesa-. Apostaría que nunca lo veré.

-Habrá sido tu imaginación, querido -dijo la mujer, mirándolo ansiosamente.

Sacudió la cabeza.

-No importa. No ha sido nada. Pero me dio un susto.

Se sentaron junto al fuego y los dos hombres acabaron de fumar sus pipas. El viento era más fuerte que nunca. El señor White se sobresaltó cuando golpeó una puerta en los pisos altos. Un silencio inusitado y deprimente los envolvió hasta que se levantaron para ir a acostarse.

-Se me ocurre que encontrarás el dinero en una gran bolsa, en medio de la cama -dijo Herbert al darles las buenas noches-. Una aparición horrible, agazapada encima del ropero, te acechará cuando estés guardando tus bienes ilegítimos.

Ya solo, el señor White se sentó en la oscuridad y miró las brasas, y vio caras en ellas. La última era tan simiesca, tan horrible, que la miró con asombro; se rió, molesto, y buscó en la mesa su vaso de agua para echárselo encima y apagar la brasa; sin querer, tocó la pata de mono; se estremeció, limpió la mano en el abrigo y subió a su cuarto.

II

A la mañana siguiente, mientras tomaba el desayuno en la claridad del sol invernal, se rió de sus temores. En el cuarto había un ambiente de prosaica salud que faltaba la noche anterior; y esa pata de mono; arrugada y sucia, tirada sobre el aparador, no parecía terrible.

-Todos los viejos militares son iguales -dijo la señora White-. ¡Qué idea, la nuestra, escuchar esas tonterías! ¿Cómo puede creerse en talismanes en esta época? Y si consiguieras las doscientas libras, ¿qué mal podrían hacerte?

-Pueden caer de arriba y lastimarte la cabeza -dijo Herbert.

-Según Morris, las cosas ocurrían con tanta naturalidad que parecían coincidencias -dijo el padre.

-Bueno, no vayas a encontrarte con el dinero antes de mi vuelta -dijo Herbert, levantándose de la mesa-. No sea que te conviertas en un avaro y tengamos que repudiarte.

La madre se rió, lo acompañó hasta afuera y lo vio alejarse por el camino; de vuelta a la mesa del comedor, se burló de la credulidad del marido.

Sin embargo, cuando el cartero llamó a la puerta corrió a abrirla, y cuando vio que sólo traía la cuenta del sastre se refirió con cierto malhumor a los militares de costumbres intemperantes.

-Me parece que Herbert tendrá tema para sus bromas -dijo al sentarse.

-Sin duda -dijo el señor White-. Pero, a pesar de todo, la pata se movió en mi mano. Puedo jurarlo.

-Habrá sido en tu imaginación -dijo la señora suavemente.

-Afirmo que se movió. Yo no estaba sugestionado. Era… ¿Qué sucede?

Su mujer no le contestó. Observaba los misteriosos movimientos de un hombre que rondaba la casa y no se decidía a entrar. Notó que el hombre estaba bien vestido y que tenía una galera nueva y reluciente; pensó en las doscientas libras. El hombre se detuvo tres veces en el portón; por fin se decidió a llamar.

Apresuradamente, la señora White se quitó el delantal y lo escondió debajo del almohadón de la silla.

Hizo pasar al desconocido. Éste parecía incómodo. La miraba furtivamente, mientras ella le pedía disculpas por el desorden que había en el cuarto y por el guardapolvo del marido. La señora esperó cortésmente que les dijera el motivo de la visita; el desconocido estuvo un rato en silencio.

-Vengo de parte de Maw & Meggins -dijo por fin.

La señora White tuvo un sobresalto.

-¿Qué pasa? ¿Qué pasa? ¿Le ha sucedido algo a Herbert?

Su marido se interpuso.

-Espera, querida. No te adelantes a los acontecimientos. Supongo que usted no trae malas noticias, señor.

Y lo miró patéticamente.

-Lo siento… -empezó el otro.

-¿Está herido? -preguntó, enloquecida, la madre.

El hombre asintió.

-Mal herido -dijo pausadamente-. Pero no sufre.

-Gracias a Dios -dijo la señora White, juntando las manos-. Gracias a Dios.

Bruscamente comprendió el sentido siniestro que había en la seguridad que le daban y vio la confirmación de sus temores en la cara significativa del hombre. Retuvo la respiración, miró a su marido que parecía tardar en comprender, y le tomó la mano temblorosamente. Hubo un largo silencio.

-Lo agarraron las máquinas -dijo en voz baja el visitante.

-Lo agarraron las máquinas -repitió el señor White, aturdido.

Se sentó, mirando fijamente por la ventana; tomó la mano de su mujer, la apretó en la suya, como en sus tiempos de enamorados.

-Era el único que nos quedaba -le dijo al visitante-. Es duro.

El otro se levantó y se acercó a la ventana.

-La compañía me ha encargado que le exprese sus condolencias por esta gran pérdida -dijo sin darse la vuelta-. Le ruego que comprenda que soy tan sólo un empleado y que obedezco las órdenes que me dieron.

No hubo respuesta. La cara de la señora White estaba lívida.

-Se me ha comisionado para declararles que Maw & Meggins niegan toda responsabilidad en el accidente -prosiguió el otro-. Pero en consideración a los servicios prestados por su hijo, le remiten una suma determinada.

El señor White soltó la mano de su mujer y, levantándose, miró con terror al visitante. Sus labios secos pronunciaron la palabra: ¿cuánto?

-Doscientas libras -fue la respuesta.

Sin oír el grito de su mujer, el señor White sonrió levemente, extendió los brazos, como un ciego, y se desplomó, desmayado.

III

En el cementerio nuevo, a unas dos millas de distancia, marido y mujer dieron sepultura a su muerto y volvieron a la casa transidos de sombra y de silencio.

Todo pasó tan pronto que al principio casi no lo entendieron y quedaron esperando alguna otra cosa que les aliviara el dolor. Pero los días pasaron y la expectativa se transformó en resignación, esa desesperada resignación de los viejos, que algunos llaman apatía. Pocas veces hablaban, porque no tenían nada que decirse; sus días eran interminables hasta el cansancio.

Una semana después, el señor White, despertándose bruscamente en la noche, estiró la mano y se encontró solo.

El cuarto estaba a oscuras; oyó cerca de la ventana, un llanto contenido. Se incorporó en la cama para escuchar.

-Vuelve a acostarte -dijo tiernamente-. Vas a coger frío.

-Mi hijo tiene más frío -dijo la señora White y volvió a llorar.

Los sollozos se desvanecieron en los oídos del señor White. La cama estaba tibia, y sus ojos pesados de sueño. Un despavorido grito de su mujer lo despertó.

-La pata de mono -gritaba desatinadamente-, la pata de mono.

El señor White se incorporó alarmado.

-¿Dónde? ¿Dónde está? ¿Qué sucede?

Ella se acercó:

-La quiero. ¿No la has destruido?

-Está en la sala, sobre la repisa -contestó asombrado-. ¿Por qué la quieres?

Llorando y riendo se inclinó para besarlo, y le dijo histéricamente:

-Sólo ahora he pensado… ¿Por qué no he pensado antes? ¿Por qué tú no pensaste?

-¿Pensaste en qué? -preguntó.

-En los otros dos deseos -respondió en seguida-. Sólo hemos pedido uno.

-¿No fue bastante?

-No -gritó ella triunfalmente-. Le pediremos otro más. Búscala pronto y pide que nuestro hijo vuelva a la vida.

El hombre se sentó en la cama, temblando.

-Dios mío, estás loca.

-Búscala pronto y pide -le balbuceó-; ¡mi hijo, mi hijo!

El hombre encendió la vela.

-Vuelve a acostarte. No sabes lo que estás diciendo.

-Nuestro primer deseo se cumplió. ¿Por qué no hemos de pedir el segundo?

-Fue una coincidencia.

-Búscala y desea -gritó con exaltación la mujer.

El marido se volvió y la miró:

-Hace diez días que está muerto y además, no quiero decirte otra cosa, lo reconocí por el traje. Si ya entonces era demasiado horrible para que lo vieras…

-¡Tráemelo! -gritó la mujer arrastrándolo hacia la puerta-. ¿Crees que temo al niño que he criado?

El señor White bajó en la oscuridad, entró en la sala y se acercó a la repisa.

El talismán estaba en su lugar. Tuvo miedo de que el deseo todavía no formulado trajera a su hijo hecho pedazos, antes de que él pudiera escaparse del cuarto.

Perdió la orientación. No encontraba la puerta. Tanteó alrededor de la mesa y a lo largo de la pared y de pronto se encontró en el zaguán, con el maligno objeto en la mano.

Cuando entró en el dormitorio, hasta la cara de su mujer le pareció cambiada. Estaba ansiosa y blanca y tenía algo sobrenatural. Le tuvo miedo.

-¡Pídelo! -gritó con violencia.

-Es absurdo y perverso -balbuceó.

-Pídelo -repitió la mujer.

El hombre levantó la mano:

-Deseo que mi hijo viva de nuevo.

El talismán cayó al suelo. El señor White siguió mirándolo con terror. Luego, temblando, se dejó caer en una silla mientras la mujer se acercó a la ventana y levantó la cortina. El hombre no se movió de allí, hasta que el frío del alba lo traspasó. A veces miraba a su mujer que estaba en la ventana. La vela se había consumido; hasta casi apagarse. Proyectaba en las paredes y el techo sombras vacilantes.

Con un inexplicable alivio ante el fracaso del talismán, el hombre volvió a la cama; un minuto después, la mujer, apática y silenciosa, se acostó a su lado.

No hablaron; escuchaban el latido del reloj. Crujió un escalón. La oscuridad era opresiva; el señor White juntó coraje, encendió un fósforo y bajó a buscar una vela.

Al pie de la escalera el fósforo se apagó. El señor White se detuvo para encender otro; simultáneamente resonó un golpe furtivo, casi imperceptible, en la puerta de entrada.

Los fósforos cayeron. Permaneció inmóvil, sin respirar, hasta que se repitió el golpe. Huyó a su cuarto y cerró la puerta. Se oyó un tercer golpe.

-¿Qué es eso? -gritó la mujer.

-Un ratón -dijo el hombre-. Un ratón. Se me cruzó en la escalera.

La mujer se incorporó. Un fuerte golpe retumbó en toda la casa.

-¡Es Herbert! ¡Es Herbert! -La señora White corrió hacia la puerta, pero su marido la alcanzó.

-¿Qué vas a hacer? -le dijo ahogadamente.

-¡Es mi hijo; es Herbert! -gritó la mujer, luchando para que la soltara-. Me había olvidado de que el cementerio está a dos millas. Suéltame; tengo que abrir la puerta.

-Por amor de Dios, no lo dejes entrar -dijo el hombre, temblando.

-¿Tienes miedo de tu propio hijo? -gritó-. Suéltame. Ya voy, Herbert; ya voy.

Hubo dos golpes más. La mujer se libró y huyó del cuarto. El hombre la siguió y la llamó, mientras bajaba la escalera. Oyó el ruido de la tranca de abajo; oyó el cerrojo; y luego, la voz de la mujer, anhelante:

-La tranca -dijo-. No puedo alcanzarla.

Pero el marido, arrodillado, tanteaba el piso, en busca de la pata de mono.

-Si pudiera encontrarla antes de que eso entrara…

Los golpes volvieron a resonar en toda la casa. El señor White oyó que su mujer acercaba una silla; oyó el ruido de la tranca al abrirse; en el mismo instante encontró la pata de mono y, frenéticamente, balbuceó el tercer y último deseo.

Los golpes cesaron de pronto; aunque los ecos resonaban aún en la casa. Oyó retirar la silla y abrir la puerta. Un viento helado entró por la escalera, y un largo y desconsolado alarido de su mujer le dio valor para correr hacia ella y luego hasta el portón. El camino estaba desierto y tranquilo.

El prisionero de sí mismo - Giovanni Papini

El castigo no me parecería completo si no contase a los demás, antes de morir, una parte de mi vida. Por inverosímil que pueda parecer a los hombres sanos, creo que será leída con provecho por aquellos que no sientan repugnancia a estudiar el alma humana.

Cuando cometí el primer delito tenía poco menos de veinticuatro años; sin embargo, mi habilidad para ocultar actos y sentimientos me sorprendía a mí mismo. Mi mayor placer, incluso de niño, era el hacer algo sin que los demás se diesen cuenta. Se trataba, al principio, de cosas inocentes que hubiera podido hacer muy bien delante de todos sin miedo a recriminaciones, pero mi alegría no consistía en realizar aquellas acciones, sino en conseguir esconder lo que había hecho. Al correr de los años, creciendo la fuerza y el ingenio, las pequeñas cosas ya no me fueron suficientes. El riesgo era demasiado inocente para excitar mi imaginación, y me veía obligado siempre a usar expedientes que me parecían, a fuerza de costumbre, demasiado sencillos.

Me decidí entonces a cometer un delito de tal manera que el asesino quedase para siempre desconocido. Rico y poco ambicioso, no tenía ningún motivo particular para robar o matar y me vi obligado a elegir, como primera víctima, a un buen hombre que apenas conocía y que habitaba a pocos pasos de mi casa. Durante muchos días estudié el mejor modo de realizar sin peligro la repugnante obra. Preví todos los casos, todos los contratiempos, todos los incidentes; preparé, con exacto cuidado, mi coartada y los instrumentos de la ejecución. El día fijado por mí, el hombre fue encontrado muerto en su habitación.

El delito conmovió a toda la ciudad, porque nadie comprendía el motivo del homicidio ni el método usado por el asesino para no ser descubierto. Nada había sido tocado en la casa del asesinado y no había indicio alguno para seguir la pista del culpable.

Animado por este feliz éxito, continué del mismo modo -no más de cuatro o cinco veces al año- realizando similares y bien calculadas supresiones. En poco más de dos años murieron misteriosamente a mis manos: dos muchachas, un cura, un mozo de cuerda borracho; tres jóvenes bien vestidos, de los cuales no supe nunca el nombre ni la condición; una patrona de casa de huéspedes, un antiguo profesor mío y un emigrante alemán. Para no levantar sospechas, fingía ocuparme en historia del arte y realizaba con este motivo largos viajes por Italia y el extranjero. A mi casa, donde había reunido cuadros, estampas, mármoles y cerámica en gran cantidad, venían con frecuencia unos cuantos aficionados maniáticos y dos o tres jóvenes estudiosos. Operaba, naturalmente, en diversas ciudades y con medios diferentes. Rechazaba los instrumentos vulgares, como el cuchillo y el revólver, y prefería procedimientos más refinados e indirectos para procurar la muerte: ahogar en el agua, envenenamiento a pequeñas dosis, inoculación de enfermedades incurables o fulminantes, incendios, caídas en apariencia casuales, escapes de gas y otros semejantes. Había adquirido, en el manejo de estos medios, una seguridad que muchos asesinos profesionales me habrían envidiado. Prescindiendo siempre de cómplices y guardándome mucho de coger nada que perteneciese a las víctimas, aunque se tratase de ricos, no corrí jamás peligro de ser descubierto. No teniendo rencores, ni pasiones que desfogar, ni hambre de dinero, podía acometer con frialdad las empresas más complicadas, y no me dejé llevar nunca de la tentación de obrar improvisadamente, aunque la ocasión pareciese favorable. Por grande que fuese el terror de mis conciudadanos y la obstinación de la Policía, no me ocurrió nunca que se sospechase de mí, ni que fuese interrogado. Mi vida, un poco extraña, de aficionado rico y vagabundo, me ocultaba enteramente. Había llegado a ser infalible en el arte del disimulo. Para no mostrar, ni aun lejanamente, una señal de mi actividad delictiva, no quise leer nunca ni las memorias de Canler ni de otros célebres polizontes, ni las alabadas aventuras de Sherlock Holmes y de sus imitadores, ni tampoco el famoso libro de De Quincey cuyo título, El asesinato considerado como una de las bellas artes, me atraía mucho.

II

Esta vida duró casi tres años y estaba a punto de cumplir los veintisiete cuando cambió de repente mi doble existencia.

Un día me di cuenta de que no conseguía ver de los hombres más que los ojos. En las casas, en los cafés, por la calle, en todas partes me sentía forzado a mirar fijamente los ojos de aquellos que estaban o pasaban cerca de mí. Todos los seres humanos se convirtieron para mí en una multitud de órbitas blancas y pupilas curiosas. Ojos abiertos y redondos de buenas y sencillas gentes; ojos claros y serenos de jovencitas no enamoradas todavía; ojos negros, profundos y viciosos, que parecían esperar la noche; ojos celestes y velados de niños; ojos pardos, pero apasionados, de hombres que ya no eran jóvenes; ojos mortecinos e hinchados de noctámbulos; ojos falsos y ojerosos de mujeres; ojos entornados, casi expirantes, entre los párpados enrojecidos por el llanto, o legañosos por la enfermedad; todos los ojos del mundo vi en torno mío, fijos en mí, en esos días. Me parecía que los cuerpos habían desaparecido, y que en el mundo existían únicamente ojos, ojos separados de todo, que se movían aquí y allá para mirarme. Tenía la impresión de que todos aquellos ojos me espiaban para descubrir lo que hacía.

Compliqué el misterio y redoblé las precauciones, pero apenas me hallaba fuera de casa, sentía sobre mí las miradas de amenaza o de burla, como si todos hubiesen “visto” mi vida secreta, y me parecía que me hallaba todavía libre únicamente para que todas aquellas infinitas pupilas pudiesen disfrutar de mi terror. Esta sensación, como pude persuadirme más tarde, no tenía una fundada realidad, porque ninguno de ellos dio muestras de haber descubierto lo que había hecho, y a nadie se le ocurrió vigilarme o acusarme.

Pero, desde aquel momento, martirizado por aquel íncubo, experimenté una gran irritación contra mí mismo. Hasta entonces había cometido mis homicidios con fría calma y sin sombra de remordimiento, y únicamente cuando el mundo estuvo poblado para mí tan sólo de ojos, comprendí claramente que era un monstruo peligroso que merecía el castigo. Además, después de los primeros delitos tan bien tramados, el placer de ocultarlos se había amortiguado mucho. Preparar un homicidio impunible era para mí una cosa tan fácil que todo riesgo había ya desaparecido, y experimentaba entonces muy poco gusto leyendo en los periódicos las investigaciones inútiles de la justicia. El delito ya no me divertía. ¿Qué otra cosa podía hacer? Todo lo demás no vale la pena de que sea ocultado.

Una sola cosa “nueva” podía hacer: castigarme. Pero ¿cómo? No tuve ni un solo momento la intención de denunciarme. Mis coartadas eran tan ingeniosas, todos los instrumentos y documentos habían sido tan cuidadosamente destruidos, que no podía esperar que consiguiese persuadir a la Policía ni a los jueces. Me hubieran creído loco y me habrían encerrado en un manicomio, donde no hubiera tenido la suficiente tranquilidad para una verdadera expiación.

Pensé que la pena debía ser oculta como la culpa y que debía esconder la prisión como había escondido los delitos. Yo mismo fui mi acusador, mi juez, mi defensor. Revisé uno a uno mis asesinatos, todas las circunstancias en que los había cometido; los cálculos, las premeditaciones y las circunstancias agravantes; mi dura crueldad, mi hipocresía monstruosa. Consideré los sufrimientos de las víctimas, las lágrimas y los daños de los que habían quedado, la piedad y el pavor de los ciudadanos, las inútiles fatigas de la Policía, los gastos del Estado, y todo lo demás que había arrostrado sin temblar. Me defendí cuanto pude con todos los sofismas aprendidos en Stendhal, en Stirner, en Nietzsche, en Oscar Wilde y en otros inmoralistas más oscuros; pero de nada valieron los subterfugios de mi inteligencia contra la convicción de mi alma. Los ojos de los hombres habían despertado mi conciencia: había destruido muchas vidas humanas y debía ser castigado sin piedad.

Cuando habló en mí el juez, reconocí inmediatamente que la muerte no era una pena suficiente. El suicidio es un castigo demasiado rápido y por eso poco doloroso. Es más bien la liberación que el castigo. No quedaba más que la completa separación de los hombres, para siempre o por largo tiempo.

Confieso que no tuve el valor de condenarme a cárcel perpetua. Después de algunas dudas me condené a treinta años de completa separación. Tenía entonces veintisiete años: habría podido volver al mundo, si la vida me hubiese durado, a los cincuenta y siete años, cercano ya a la muerte.

Apenas dictada la sentencia, pensé cumplirla inmediatamente. Vendí lo que poseía en la ciudad y busqué en el campo una casa que se prestase para mi propósito. Después de semanas de investigaciones, tuve la suerte de poder comprar un caserón de feo aspecto, en el fondo de un valle solitario, que había sido antiguamente un castillo lindero. Lo único sólido que había quedado era una tosca torre de piedra que servía de granero y, en lo alto, de palomar. Habilité lo mejor que pude la estancia más alta de la torre, hice construir una puerta maciza con cerraduras perfeccionadas, cerré la única ventana con gruesos barrotes de hierro, hice llevar una camita de hierro, un taburete, una mesa, una jarra, una palangana, un espejo y cuatro libros. Cuando todo estuvo dispuesto, busqué carcelero. Encontré un joven campesino huérfano, no muy inteligente, pero de confianza, al que asigné un salario que podía cobrar solamente con mi firma, a condición de que viniese todos los días a la torre para traerme agua y comida, y mantuviese oculta a todos mi existencia. Por lo demás, la casa se hallaba muy alejada de las carreteras y de los pueblos, y mi carcelero fingió haberla alquilado para guardar el heno y la cebada.

En la tarde de un límpido día de abril, después de haber paseado por el campo respirando el aire puro y el perfume de las flores, me encerré en la cárcel voluntaria y entregué las llaves al campesino.

III

Desde el primer día comprendí que había conseguido lo que mi alma buscaba desde su nacimiento. Mi voluntad más constante había sido la de esconder mi vida, pero hasta entonces no había conseguido esconder más que “algunas” de sus partes -las más odiosas ciertamente-, pero pocas. Mucha parte de mi vida, aquella práctica, externa, animal, social, se había desenvuelto ante los ojos de los otros, y la mayor parte de mis actos habían sido un espectáculo diario para los extraños. Cada uno de nosotros vive y “es mirado” por alguien, y casi en todos los momentos es “actor” para alguien: es entrevisto, visto, observado, espiado. Ahora, en cambio -¡finalmente!-, mi vida entera quedaba escondida y secreta. Para todos los hombres, a excepción de uno, estaba ausente, desaparecido, desconocido, como muerto. Seguía viviendo, pero como encerrado en un ataúd, en un sepulcro, bajo la tierra, fuera de la tierra. Podía pensar, pero nadie sabía nada de mis pensamientos; podía hablar, pero nadie escuchaba mis palabras; podía obrar, pero a nadie ver y contar acciones. Desde aquel día, por treinta años, por trescientos sesenta meses, por casi once mil días, estaría separado de los hombres; sin ver una cara nueva, sin oír una voz conocida, sin recibir un saludo lejano, sin ocuparme en un asunto, sin saber lo que ocurre en el mundo. Cuando reapareciese entre los hombres, ninguno me reconocería; todos los que conocí estarían dispersos, desaparecidos, sepultados, y yo ya no comprendería las palabras de los nuevos hombres, después de tantos años de alejamiento y de mudanzas.

Para el presente y el futuro mi vida quedaría absolutamente ignorada para los hombres. Tenía pocos parientes y aun estos lejanos; ninguno se daría cuenta de mi desaparición. No tendría luz, no cantaría, no podría asomarme a la ventana; nadie descubriría mi cárcel solitaria. Confortado con estos pensamientos, pensé sin espanto en los largos años que debería pasar encerrado para obedecerme a mí mismo.

Los primeros días pasaron rápidamente. En torno de mi casa había campos pedregosos y poco reputados y, más lejos, los espesos zarzales de los cerros y de las hayas. Los únicos rumores eran -pero raras veces- las esquilas de las ovejas y de las cabras, las canciones melancólicas del pastor y el suspirar del viento entre los árboles. Únicamente cuando soplaba la tramontana oía, por la mañana y por la tarde, los tañidos desvanecidos de una campana.

En los primeros tiempos estuve ocupado en el estudio de esos rumores. Conseguí pronto distinguir los sonidos de las esquilas de los diferentes rebaños que pastaban en las cercanías, las voces de las pastoras, la dirección y la fuerza del viento según el rumor de las hojas.

Por la ventana no veía más que el cielo, el sol, las nubes y alguna vez la luna y, apoyando el rostro contra la reja, podía columbrar, muy a lo lejos, un breve horizonte de campos solitarios.

Durante muchos meses seguí confusamente con la mirada los momentos de la vida agreste, vi el verde tierno cambiarse en verde oscuro, luego palidecer y aparecer el amarillo, luego reaparecer y aparecer el rastrojo quemado, ennegrecerse las vides; rojas las hojas, morenos los surcos; despojarse toda la campiña, cubrirse de nieve y reaparecer, al fin, el verde tierno de la primavera. Pero el estudio más dulce era seguir las mutaciones y los viajes de las nubes, seguir el ritmo del viento entre las ramas y el de la lluvia en el techo. Conocí todas las fases y los colores de la luna: observé todas las gradaciones de la luz solar; descubrí nuevos reflejos de auroras y nuevos desvanecimientos de crepúsculos. El trocito de cielo y de tierra que podía contemplar era un mundo que comenzaba a conocer en cada uno de sus átomos e instantes, como Dios. Los seres vivientes me parecían desaparecidos del mundo; algún pájaro que atravesaba “mi” cielo, una oveja lejana, las manchas blancas de los bueyes, la cara apática de mi campesino, eran las únicas cosas animadas que veía.

En verano mi cárcel era menos solitaria. Las moscas, los mosquitos y las abejas llegaban hasta mi torre y me dieron ocasión para largas y aventureras cacerías; las pulgas invadieron mi lecho, y su destrucción me ocupó durante muchas horas; un día una luciérnaga parda llegó hasta mi ventana, y conseguí hacerla prisionera y tenerla conmigo durante casi dos meses. Dos arañas habían tejido sus telas entre las vigas del techo y me divertía observando sus asechanzas y sus pacientes viajes de tejedoras. Tuve también la bulliciosa visita de los vencejos, pero ninguno hizo nido cerca de mí.

En invierno la soledad fue absoluta. En la estancia -sin calefacción, y que yo no quería calentar- hacia frío y me veía obligado a permanecer en la cama incluso durante el día. La mayor parte del tiempo estaba adormecido, pero en las horas de vigilia -¡pocas, pero qué largas!- no podía hacer más que estudiar minuciosamente mi prisión. Cuando la primavera llegó, conocía palmo a palmo las seis superficies que me encerraban. Cada vena de las vigas, cada grieta de los montantes, cada desconchadura de la pared, cada agujero de los ladrillos me eran tan perfectamente conocidos que los hubiera podido encontrar en la oscuridad. Conté los ladrillos del suelo, los agujeros de las paredes, las desconchaduras del techo, las manchas de orín de los hierros; seguí, día por día, los síntomas de envejecimiento de lo que me rodeaba.

La tosquedad de los hierros, las huellas de la humedad en las paredes, los arañazos de la puerta, las grietas de la cal, el empañado del espejo me absorbían días enteros.

Muchas veces soñaba con los ojos abiertos; volvía a ver los momentos, los espectáculos de mis años de libertad; todos los rostros que había visto o entrevisto se me aparecían en la memoria, uno a uno, todos con una leve sonrisa bonachona; me parecía volver a oír voces de mucho tiempo olvidadas; recordaba, de pronto, un chiste insulso oído en el teatro o una frase oscura cogida al vuelo por la calle.

Durante muchos años no me ocurrió casi nunca que me acordase de mis delitos, y si me venían a la memoria conseguía rechazar el recuerdo sin mucho trabajo. Mi sueño estaba vacío: no soñaba, o no me acordaba de mis sueños. Pasaba largas horas contemplándome en el espejo. Algunas veces, a fuerza de contemplar mi imagen, me parecía que ya no era yo: me olvidaba de quién era y de dónde estaba. Entonces comenzaba a gritar, a llamarme y, finalmente, me reconocía. Con el espejo pude seguir, mes por mes, año por año, mi rápida decadencia. Todos los días hacía un atento examen de mi color, de mi delgadez, de las manchitas de mi piel, del color de mis cabellos, y podía asistir, grado a grado, a la disolución de mi cuerpo.

Así pasaron muchos años sin que yo sintiese, ni por un solo momento, el deseo de la libertad. El verdadero aburrimiento de la separación comenzó únicamente después de trece años. Todo aquello que podía observar y estudiar en torno mío ya me era conocido, familiar hasta la náusea. Había leído y releído numerosas veces los cuatro libros que había llevado conmigo –Las mil y una noches, el Gil Blas, un tratado de química y la Historia de Port-Royal, de Sainte-Beuve- hasta el punto de que me los había aprendido de memoria, desde la primera hasta la última palabra, y habría podido recitarlos comenzando por cualquier página. Había explicado y comentado, para mí, dentro de mí, cada narración, cada frase, cada fórmula. Había reescrito más de una vez, en mi cabeza, las mismas aventuras y las mismas teorías; había imaginado continuaciones, ideado modificaciones, reunido posibles glosas e hipotéticos comentarios.

Mi alimentación -por voluntad mía- era sencilla: pan y fruta. No haciendo trabajo alguno y ningún esfuerzo muscular, no tenía necesidad de comer mucho, pero la extremada sobriedad me hacía caer, más a menudo de lo que yo deseaba, en una especie de éxtasis, de cansancio, en el que mi cerebro, sin freno, perdía la exacta intuición del mundo y me conducía lejos, a esferas de existencia nuevas para mí.

En uno de esos sopores comencé a sentir que no me hallaba solo. No oía voces ni se me aparecían fantasmas; pero estaba seguro de que alguien se hallaba cerca de mi cama y se divertía contemplándome vivir. No se trataba de alucinaciones exteriores. En todo esto no había nada concreto, material, “verdadero”. Estaba seguro de que alguien se hallaba junto a mí y pensaba cerca de mi pensamiento. No oía, sin embargo, suspiro alguno ni columbraba ninguna sombra; pero escuchaba los pensamientos de mis compañeros y, alguna vez, mi alma contestaba, vacilante, a las almas desconocidas.

En los primeros tiempos, estas apariencias invisibles me ocurrieron tan sólo cuando me hallaba sumido en el sopor del cansancio; pero, al cabo de dos años, llegaron a ser constantes; y tuve siempre, en todo momento, algún compañero en mi habitación. Los que venían con más frecuencia eran mis víctimas. Una tras otra sentía cómo se acercaban a mí para mirarme sin odio. Alguna de ellas me contó, sin hablar, su historia, me describió su vida, especialmente las sensaciones que precedieron a la muerte. Me confesaron que al quitarles la vida no les había hecho aquel daño que creían los que habían quedado.

Algunos de los asesinados se hallaban ya aburridos y desesperados en el momento en que los había asesinado; los demás reconocieron que el resto de su vida -“ahora que sabían”- hubiese sido más triste que la tranquila del cementerio.

Esos coloquios me hacían bien; comenzaba a recordar mi existencia pasada sin remordimiento. Durante un año intenté reconstruir las teorías sobre la infelicidad de la vida, y conseguí llegar a creerme un generoso filántropo que había arriesgado su libertad para salvar algunas almas del sufrimiento y se había castigado injustamente cediendo a un estúpido remordimiento. Pero la duda me asaltaba sin descanso. La teoría sobre el dolor de la vida y el mal del mundo tenía necesidad, para aparecer del todo cierta, de estar apoyada en un sistema que abarcase toda la realidad. Pasé un año en reflexiones metafísicas de toda especie, intentando reconstituir con el pensamiento aquello que ya conocía e inventar cosas nuevas. Pero este estéril ejercicio me agotó la mente por mucho tiempo.

Comencé a sufrir angustias, espasmos, desmayos; mi cerebro permaneció oscurecido días enteros. Durante meses viví como un loco gritando día y noche palabras sin sentido, arañándome el rostro, retorciéndome las manos.

De pronto me despertaba lleno de melancolía, con las uñas ensangrentadas, los miembros doloridos, y en mi cerebro comenzaban a girar de nuevo las fantasías más absurdas.

En aquellos momentos experimentaba un deseo inquieto de huir; me debatía entre las cuatro paredes como una bestia furiosa; aullaba en la ventana, con objeto de que alguien viniese a liberarme; mordía los barrotes de hierro y, cuando venía el campesino a traerme el pan, caía de rodillas llorando y le rogaba que me llevase con él. Pero no se conmovió nunca; antes de encerrarme le había expuesto claramente las condiciones y sabía que, si me hubiese liberado, habría perdido el salario y tal vez la vida.

IV

Así transcurrieron más de veinte años en mí prisión lejana y solitaria, sin que ningún acontecimiento viniese a cambiar mi vida. Una vez o dos, el campesino permaneció dos días seguidos sin venir porque se hallaba enfermo -las voces de las pastoras cambiaron cada tres o cuatro años-; una vez oí voces de hombres bajo mi torre; una noche mi habitación se vio alumbrada por el fuego que se había declarado en un bosque vecino; éstos, para mí, fueron los hechos importantes de todo aquel tiempo.

Había llegado casi a los cincuenta años y ya no sabía cómo llenar mi vida. Conocía, átomo por átomo, todo lo que me rodeaba; había pensado, imaginado, soñado y llorado durante años enteros. Me hallaba aburrido de los compañeros invisibles que, con demasiada frecuencia, me tomaban como un juguete y me trataban como a un muchacho.

Los tres años que siguieron a los primeros veinte fueron los más singulares de mi vida. Pasaba casi todo el tiempo tendido en la cama, sumido en un sopor perpetuo que no era ni vigilia, ni sueño, ni ensueño. Durante el día no discernía nada; me parecía únicamente que una luz intensa, blanca, cegadora cubría como una niebla luminosa todo lo que existía. Cuando llegaba el campesino, tenía que coger a tientas el pan que me ofrecía y, apenas había comido, apoyaba la pesada cabeza sobre la almohada, y mi boca estaba amarga y seca como al día siguiente de una sucia borrachera.

Por la noche desaparecía la luz, pero era peor; experimentaba la sensación de hallarme absolutamente solo, no solamente solo en mi habitación, sino solo en el Universo, en medio de la nada. Me parecía que las paredes, los campos, las ciudades habían desaparecido para siempre; que toda la tierra se disolvía, que el Sol y las estrellas se apagaban, que callaba todo rumor, y que yo únicamente, tranquilo y eterno, permanecía solo, literalmente único en medio del vacío infinito. Luego, poco a poco, el mundo se iba rehaciendo, reconstituyendo, en torno mío -primero la habitación, luego el campo; luego el Sol, luego la tierra-; pero apenas despuntaba el día me sentía de nuevo sumido en una luz ardiente, más allá de la cual imaginaba el mundo atroz, duro, peligroso.

Esta terrible existencia cesó, no por mi culpa, al comienzo del vigésimo cuarto año de mi prisión. El campesino no compareció durante dos días seguidos; pero, como no era la primera vez, no hice caso. Tenía siempre, por lo demás, fruta en conserva suficiente para no morirme de hambre. Por la mañana del tercer día, oí abrir la puerta del exterior y subir la escalera, pero me di inmediatamente cuenta de que no era el paso acostumbrado. Cuando la puerta de mi habitación se abrió, después de muchas tentativas, me vi ante una pobre mujer de unos cuarenta años que me miraba con espanto y no sabía qué decirme. ¡Era el segundo rostro humano que veía después de veintitrés años! La enorme novedad del acontecimiento me devolvió un poco de lucidez y pregunté a la mujer quién era y qué quería. Después de grandes esfuerzos conseguí comprender que era la mujer del campesino carcelero, y que éste se había vuelto loco casi repentinamente, y que había recomendado repetidas veces, antes de ser recluido, que fueran a liberarme, porque él era la causa de todo y había un hombre que sufría por su culpa. Había dado minuciosas noticias sobre el lugar donde me hallaba y sobre mi extraña vida, pero nadie quiso creerle. Finalmente, la mujer, un poco por curiosidad y un poco por descargar su conciencia, había ido a ver y me había encontrado.

La libertad se ofrecía a mí, después de tantos años, sin que yo la hubiese buscado. Por otra parte, ¿qué hacer? Ahora el secreto ya estaba descubierto y no me hubiesen dejado tranquilo. Tal vez la justicia hubiese querido ocuparse de mí, y era preferible huir antes de que llegasen los curiosos. Rogué a la mujer que hiciese venir un coche hasta la torre; al día siguiente me hice llevar a la ciudad más cercana y desde allí me dirigí a mi patria.

Y ahora, desde hace más de un año, estoy aquí en la ciudad que me vio nacer y de la que me marché todavía joven para enterrarme hasta la vejez. Todo lo que veo me cansa; no reconozco muchas cosas; otras son completamente nuevas para mí. Me parece que amo a los hombres como un niño ama a la madre que ha vuelto a encontrar; sin embargo, nadie me quiere a su lado. Mi aspecto singular, mi ignorancia de la vida presente, la torpeza inexplicable de mis movimientos, la lentitud de mis ideas, la imposibilidad de encontrar a esta edad nuevos amigos, me hace vivir solo en medio de millones de hombres, como en mi torre. He intentado, alguna vez, parar en la calle a algún joven para contarle mi historia, pero todos sienten repugnancia hacia mí y me juzgan un enfermo fastidioso salido de repente de lo desconocido. Mi casa ha sido destruida para hacer sitio a una calle más ancha; mi nombre ha desaparecido de los registros de la ciudad y de la memoria de los hombres. Ya no soy nada para los demás y casi nada para mí. Desde que he vuelto entre los demás, no puedo respirar bien, mi pecho está oprimido por un aire pesado; todo lo que me rodea parece lleno de polvo. No consigo apasionarme, y recuerdo únicamente, casi con deseos, los balidos desgarrados y tristes de las ovejas lejanas.

No sé cuánto tiempo permaneceré aquí, no sé dónde iré. La muerte está próxima, pero no deseo morir. Tengo miedo de volver a encontrar a “mis” muertos, y tener que volver a empezar con ellos, una vez más, mi vida.

«Sacaron los gatitos de la casa…» - Svetlana Aleksiévich

  Tonia Rudakova, cinco años
  Actualmente es directora de guardería

  Del primer año de la guerra… recuerdo muy poco…
  Los alemanes llegaron de madrugada, la luz de la calle era grisácea. Les mandaron a todos formar una fila en el prado, y a los que llevaban el pelo rapado les dijeron: «¡Fuera de la fila!». Los del pelo rapado eran los prisioneros de guerra que la gente había acogido en sus casas. Los llevaron cerca del bosque y allí les dispararon.
  Antes solíamos correr por las afueras de la aldea. Jugábamos cerca del bosque. A partir de entonces nos dio miedo.
  Recuerdo que mamá hizo unas hogazas de pan. Eran muchas: las repartió por los bancos, por la mesa, por el suelo, encima de las toallas de lino, por el zaguán. Yo estaba sorprendido.
  —Mamá, ¿por qué tanto pan? A los tíos los han matado a tiros. ¿Quién se va a comer todo eso?
  Ella me echó a la calle.
  —Vete a jugar con los niños…
  Yo temía que mataran a mi madre, corría tras ella a todas partes.
  Por la noche, los guerrilleros se llevaron el pan. Nunca más volví a ver tanto pan. Los alemanes dejaron las casas completamente limpias; pasábamos hambre. Yo no lo comprendía… Le pedía a mi madre:
  —Enciende la estufa, mamá; haz pan. Mucho pan.
  Es todo lo que recuerdo del primer año de guerra…
  Supongo que crecí un poco porque lo que ocurrió después lo recuerdo mejor. Recuerdo que quemaron nuestra aldea… Primero nos fusilaron y luego nos quemaron. Yo regresé del reino de los muertos…
  No disparaban en la calle, entraban en las casas. Estábamos todos pegados a la ventana.
  —Han ido a fusilar a Aniska…
  —Ya han acabado en casa de Aniska. Ahora van a casa de la tía Anfisa…
  Estábamos allí, esperando a que vinieran y nos disparasen. Nadie lloraba, nadie gritaba. Simplemente esperábamos. Con nosotros estaba nuestra vecina con su niño; fue ella la que dijo:
  —Salgamos. En la calle no matan.
  Entraron en nuestro patio: uno era un soldado, y el otro, un oficial. El oficial era alto, calzaba unas botas altas y llevaba una visera alta. Lo recuerdo bien…
  Nos empujaban para que nos metiéramos en casa. La vecina cayó al suelo y empezó a besarle las botas al oficial.
  —No entraremos. Sabemos que allí nos pegaréis un tiro.
  Y ellos: Zurück! Zurück!, que significa «atrás». Ya dentro de casa, mi madre se sentó en la banqueta, junto a la mesa. Se me quedó grabado: cogió una taza pequeña con leche y se la dio de beber a nuestro hermanito pequeño. Había tal silencio que todos pudimos oírlo sorber con los labios.
  Yo me senté en un rincón y puse la escoba delante de mí. La mesa tenía un mantel muy largo; debajo se ocultó el hijo de la vecina. El mantel le cubría. Mi hermano se metió debajo de la cama. La vecina se puso de rodillas en la puerta y empezó a rogar por todos:
  —Señores, tenemos hijos pequeños. Señores, tenemos muchos hijos…
  Se me quedó en la memoria su imagen pidiendo clemencia. Estuvo mucho rato rogando.
  El oficial avanzó hacia la mesa, levantó el mantel y disparó. Se oyó un grito; el oficial volvió a disparar. El niño de la vecina gritaba… Le dio unos cinco tiros…
  El oficial se me quedó mirando… Por mucho que yo intentaba esconderme detrás de la escoba, no lo lograba. Sus ojos eran tan bonitos, de color marrón… Vaya si los recuerdo… Sentía tanto miedo que del susto le pregunté: «Señor, ¿va usted a matarme?». No me contestó. Justo en ese instante salió el soldado de la otra habitación; bueno, salió…, arrancó la enorme cortina que separaba las dos habitaciones y ya está. Llamó al oficial y le enseñó unos gatitos pequeños que había en la cama. La gata no estaba, solo los gatitos. Los cogieron, sonrieron, se pusieron a jugar con ellos. Jugaron un rato y después el oficial se los dio al soldado para que se los llevara afuera. Sacaron los gatitos de la casa…
  Recuerdo cómo ardía el pelo de mamá, ya estaba muerta… Y el pañal del bebé que tenía a su lado… Pasé con mi hermano mayor por encima de ellos, aferrado a la pernera de su pantalón: primero salimos al patio, luego al jardín, después nos ocultamos en el patatal hasta que llegó la noche. Cuando oscureció, nos escondimos entre los arbustos. Entonces lloré…
  ¿Cómo logramos salir con vida? No lo recuerdo… Sobrevivimos mi hermano, los cuatro gatitos y yo. Llegó nuestra abuela, que vivía en la otra orilla del río. Nos acogió a todos…


Svetlana Alexiévich, Últimos testigos, pp. 223-6; trad., de Yulia Dobrovolskaia y Zahara García González; ed., Penguin Random House, Barcelona, 2016