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El garden party - Katherine Mansfield

        Y después de todo hacía un tiempo ideal. Ni hecho a la medida no hubiesen podido tener un día más adecuado para el garden party. No hacía viento, lucía el sol, y no se divisaba una sola nube en todo el cielo. El azul sólo estaba velado por una calina de luz dorada, como ocurre a veces a principios de verano. El jardinero andaba atareado desde muy temprano, segando el césped y rastrillándolo bien, hasta dejar la hierba y los oscuros y llanos rosetones en los que crecían las margaritas que parecían recién bruñidos. Y uno tenía también la sensación de que las rosas habían comprendido que eran las únicas flores que realmente impresionan a la gente que acude a un garden party; las únicas flores que todo el mundo reconoce sin miedo a una equivocación. Cientos, sí, literalmente cientos de ellas, se habían abierto durante la noche; los verdes rosales se doblaban bajo su peso como si aquella noche hubieran sido visitados por los arcángeles.
  Todavía no habían terminado de desayunar cuando llegaron los hombres que debían plantar el entoldado.
  —Mamá, ¿dónde quieres que levanten la marquesina?
  —Hijita, no me lo preguntes a mí. Este año he decidido ponerlo todo en vuestras manos. Olvidad que soy vuestra madre y tratadme como si fuese un invitado de honor.
  Pero Meg no iba a ir a dar instrucciones a los hombres. Se había lavado el pelo antes de desayunar y estaba sentada tomándose el café con un turbante verde en la cabeza y un par de rizos oscuros y húmedos pegados a las mejillas. José, la mariposa, bajaba siempre vestida con unas enaguas de seda y la chaqueta de un kimono.
  —Tendrás que ir tú, Laura; tú eres el artista de la familia.
  Y Laura salió corriendo, llevando todavía en la mano un trocito de pan con mantequilla. Es fantástico encontrar una excusa para poder comer afuera y, además, le encantaba poder arreglar cosas; siempre le había parecido que era capaz de hacerlo mucho mejor que los otros.
  En uno de los caminitos del jardín había cuatro hombres en mangas de camisa, esperando. Llevaban gruesos palos arrollados en las lonas y grandes bolsas de herramientas colgadas a la espalda. Tenían un aspecto que imponía. Ahora Laura deseó no llevar aquel pedacito de pan con mantequilla en la mano, pero no podía dejarlo en ninguna parte y mucho menos tirarlo al suelo. Notó que se ruborizaba e intentó parecer severa e incluso un poco corta de vista mientras se aproximaba a ellos.
  —Buenos días —dijo, imitando la voz de su madre. Pero sonó tan terriblemente afectada que se avergonzó y empezó a tartamudear como una niña—: Ah…, sí…, ya han llegado ¿eh?…, es por el entoldado, ¿verdad?
  —Exactamente, señorita —dijo el más fornido de los cuatro hombres, un individuo enjuto y pecoso, cambiándose de hombro la bolsa de las herramientas, echándose el sombrero de paja hacia atrás y dirigiéndole una sonrisa—. Hemos venido a poner el entoldado.
  Su sonrisa era tan franca, tan animosa, que Laura recobró los ánimos. ¡Qué ojos tan bonitos tenía, chiquitos, pero de un azul tan intenso! Y ahora miró a los otros, y vio que también sonreían. «Anímese, no nos la vamos a comer», parecían decir sus sonrisas. ¡Qué simpáticos eran los trabajadores! ¡Y qué mañana tan espléndida! No, no debía hablar del día; debía mostrarse eficiente. La marquesina.
  —Bien, ¿qué les parece la explanada de los lirios? ¿Estaría bien ahí?
  Y señaló hacia donde estaban los lirios con la mano que no sostenía el pedacito de pan con mantequilla. Los hombres se giraron mirando en aquella dirección. Uno bajito hizo una mueca con el labio inferior y el más alto frunció el ceño.
  —No me gusta mucho —dijo—. No resaltará bastante. Mire, con una cosa como un entoldado —dijo volviéndose hacia Laura con sus modales naturales— lo que va bien es ponerlo en un sitio en donde salte a la vista, si entiende lo que quiero decir.
  La educación de Laura la obligó a considerar por un instante si era suficientemente respetuoso que un obrero le hablase de aquel modo y del «saltar a la vista». Pero entendía lo que él quería decir.
  —Una esquina de la pista de tenis —sugirió—. Aunque la orquesta estará también en una esquina.
  —Hum…, va a haber una orquesta, ¿eh? —dijo otro de los trabajadores. Este era un tipo pálido, y tenía una mirada macilenta mientras escudriñaba el campo de tenis. ¿En qué pensaba?
  —No es más que una orquestina —explicó Laura amablemente. Tal vez no le importase tanto si la orquesta era pequeña. Pero el obrero más alto intervino.
  —Mire, señorita, lo mejor es que lo montemos ahí. Junto a esos árboles. ¿Ve? Ahí. Quedará muy bien.
  Junto a las karakas. Pero entonces las karakas quedarían escondidas. Y eran tan bonitas, con sus hojas anchas y relucientes, y los racimos amarillos del fruto. Eran como los árboles que una se imagina creciendo en una isla desierta, orgullosos, solitarios, irguiendo sus hojas y frutos hacia el sol en una especie de silencioso esplendor. ¿Tenían que quedar ocultos por el entoldado?
  Pues sí. Los hombres ya habían cargado con palos y lonas y se encaminaban al lugar indicado. Sólo el más alto quedó atrás. Y se inclinó, cortó un tallito de lavanda, se llevó el pulgar y el índice a la nariz y aspiró el aroma. Cuando Laura advirtió su gesto olvidó por completo las karakas, maravillada de que el hombre gustase de aquellas cosas —gustase de poder oler el aroma de la lavanda—. De todos los hombres que conocía, ¿cuántos hubiesen tenido aquel gesto? Oh, qué extraordinariamente simpáticos son los trabajadores, pensó. ¿Por qué no tendría amigos trabajadores en lugar de todos aquellos muchachos atontados que la sacaban a bailar y que eran invitados a cenar los domingos? Se hubiera llevado muchísimo mejor con hombres como aquéllos.
  Todo eso es culpa, decidió, mientras el más alto de los trabajadores dibujaba algo en la parte posterior de un sobre, algo que debía ser atado en alto o que podía quedar colgando, todo eso es culpa de estas absurdas distinciones de clase. Aunque ella, por su parte, no les hacía el menor caso. Ni pizca de caso, ni un átomo… Y se empezó a oír el cloc, cloc de los mazos de madera.
  Uno silbaba, otro cantaba. «¿Estás ahí, chaval?» «¡Chaval!» Qué amistoso era aquel trato, qué…, qué… Simplemente para demostrar lo contenta que estaba, para probar al obrero más alto que se sentía totalmente a sus anchas y que despreciaba todos aquellos estúpidos convencionalismos, Laura dio un mordisco al trocito de pan con mantequilla mientras contemplaba el dibujo. Se sentía exactamente como una trabajadora más.
  —¡Laura, Laura! ¿Dónde estás? ¡Laura, al teléfono! —gritó una voz desde la casa.
  —¡Ya voy! —Y salió corriendo, por el césped, el senderito y escaleras arriba, por la terraza, hacia el porche. En el recibidor, su padre y Laurie estaban cepillándose los sombreros, listos para salir hacia el despacho.
  —Oye, Laura —dijo Laurie apresuradamente—, mira si puedes darle un vistazo a mi smoking antes de esta tarde. Por si hay que plancharlo.
  —De acuerdo —respondió. Pero, de pronto, no pudo contenerse y corrió hacia su hermano y le dio un rápido abrazo—. Oh, me encantan las fiestas, ¿a ti no? —dijo, jadeando.
  —A mi también me gustan bas-tan-te —replicó Laurie con su cálida voz infantil, abrazando a su hermana, y dándole una amable palmadita—. Anda, niña, corre al teléfono.
  El teléfono.
  —Sí, sí; claro, sí, no faltaría más. ¿Kitty? Buenos días, guapa. ¿A comer? Pues naturalmente. Encantada. Aunque será una comida de sobras, las migas de los emparedados, los merengues rotos y las sobras. Sí, ¿no te parece una mañana espléndida? ¿El blanco? Desde luego, yo me lo pondría. Un momento, no te retires. Que me llama mamá —y Laura se echó hacia atrás en el asiento—. ¡Mamá! ¿Qué dices? ¡No te oigo!
  La voz de la señora Sheridan llegó desde lo alto de las escaleras:
  —Dile que se ponga aquel sombrerito tan encantador que llevaba el domingo pasado.
  —Mamá dice que te pongas aquel sombrerito encantador que llevabas el domingo. Dios mío. La una. Adiós, Kitty, adiós.
  Laura colgó el auricular, se llevó ambas manos a la cabeza, respiró profundamente, se desperezó y volvió a dejar caer los brazos.
  —¡Uf! —suspiró, y en cuanto acabó su suspiro volvió a incorporarse velozmente. Permaneció un instante quieta, escuchando. Todas las puertas de la casa parecían estar abiertas. La mansión estaba despierta, llena de pasos rápidos y apagados, de apresuradas voces. La puerta de gamuza verde que llevaba a las regiones de la cocina se abría y cerraba con un golpe amortiguado. Y ahora llegó un sonido absurdo, largo, apagado. El gran piano al ser movido en sus torpes ruedecillas. ¡Y el aire! Había que pararse para advertirlo. ¿Era el aire siempre así? Una ligera brisa parecía juguetear entrando por la parte alta de los ventanales y escapando de nuevo por las puertas. Y el sol caía formando dos luceros diminutos, uno sobre el tintero y otro sobre el marco de plata de una fotografía, igualmente juguetones. Dos maravillosas manchitas. Sobre todo la que cabriolaba en la tapa del tintero. Cálida. Una cálida estrellita de plata. Le hubiera gustado besarla.
  Sonó el timbre de la puerta delantera, y se oyó el fru-frú de la falda estampada de Sadie bajando las escaleras. Murmullos de una voz varonil; y Sadie que respondía:
  —No sé nada de nada. Espere un momento. Preguntaré a la señora Sheridan.
  —¿Qué ocurre, Sadie? —dijo Laura yendo hacia el recibidor.
  —Es el florista, señorita Laura.
  Y lo era. El florista. Allí, en el umbral de la puerta, con una bandejita baja pero enorme, repleta de tiestecillos de lirios rosados. Ninguna otra flor. Unicamente lirios —lirios y más lirios, enormes flores rosadas, abiertas, radiantes, casi sorprendentemente vivas en sus vividos tallitos escarlatas.
  —¡Oh, Sadie! —dijo Laura, y el sonido de su exclamación fue como un pequeño gemido.
  Se agachó, como si quisiese calentarse con aquel resplandor de los lirios; sintió como si los tuviese en los dedos, en los labios, creciéndole en el pecho.
  —Debe ser un error —musitó débilmente—. No hemos encargado tantos. Salie, ve a buscar a mamá.
  Pero en aquel preciso instante apareció la señora Sheridan.
  —Sí, sí, están bien —dijo tranquilamente—. Sí, los he encargado yo. ¿No te parecen magníficos? —dijo apretando el brazo de Laura—. Ayer pasé frente a la floristería y los vi en el escaparate. Y de pronto pensé que por una vez en la vida podía darme el gusto de tener todos los lirios que quisiera. Y la fiesta es una excelente excusa.
  —Pero creía que habías dicho que no ibas a meterte en nada —dijo Laura. Sadie ya se había ido. El hombre de la floristería continuaba afuera, junto a la camioneta del reparto. Rodeó con un brazo el cuello de su madre y muy, muy dulcemente, le dio un mordisquito en la oreja.
  —Hijita, estoy segura de que no te gustaría tener una madre que pecase de lógica, ¿verdad? No me hagas eso. Mira que vuelve ese señor.
  El hombre volvía con más lirios, otra canasta llena.
  —Póngalos todos juntos, por favor. Aquí dentro, al lado de la puerta, a ambos lados del porche —dijo la señora Sheridan—. ¿No crees que ahí estarán bien, Laura?
  —Oh, estupendamente, mamá.
  En la sala de estar, Meg, José y el bueno de Hans por fin habían logrado retirar el piano.
  —Veamos. Si ponemos este sofá chester contra la pared y sacamos todo lo que queda en la sala excepto las sillas… ¿Qué os parece?
  —Bien.
  —Hans, lleva estas mesitas al fumador y trae una escoba para barrer las señales de la alfombra y…, un momento Hans… —a José le encantaba dar órdenes a los criados y a ellos les encantaba obedecerlas. Siempre les hacía sentir que participaban en una especie de teatro—. Por favor, dile a mi madre y a la señorita Laura que vengan inmediatamente.
  —Como usted diga, señorita José.
  Esta se volvió hacia Meg.
  —Quiero ver cómo suena este piano, por si esta tarde me piden que cante. Probémoslo. Podemos cantar Oh, qué cansada vida.
  ¡Pim! ¡Ta-ta-ta! ¡Ti-ta! El piano resonó tan apasionadamente que el rostro de José cambió. Juntó las manos. Y miró triste y enigmáticamente a su madre y a Laura, que entraban en la sala de estar, empezando a cantar:
 
        Oh, qué cansada es la vida,
  todo es tristeza y suspiro.
  El amor emigra,
  cansada es la vida,
  una lágrima brilla
  y se va el amor.
  Adiós, para siempre… ¡Adiós!


  Pero a la palabra «¡Adiós!», aunque el piano sonaba más desesperado que nunca, su rostro se iluminó con una sonrisa resplandeciente, que no tenía nada de desolada.
  —¿Verdad que no ando mal de voz, mami? —dijo José, contenta.
 
        Cansada es la vida,
  la esperanza marchita.
Un sueño…, un despertar.

  Pero en ese instante Sadie les interrumpió.
  —¿Qué ocurre, Sadie?
  —Perdone, señora, la cocinera dice que si tiene la lista de los emparedados.
  —¿La lista de los emparedados? —repitió, ausente, la señora Sheridan. Y por su cara sus hijas adivinaron que no la tenía—. Déjame pensar. —Y añadió con resolución—: Sadie, por favor, dile a la cocinera que se la daré dentro de diez minutos.
  Sadie salió.
  —Veamos, Laura —dijo su madre rápidamente—, ven conmigo al fumador. Apunté los nombres detrás de un sobre y en algún sitio debe andar. Tendrás que escribirlos tú. Meg, tú sube arriba ahora mismo y sácate esa cosa húmeda de la cabeza. Y tú, José, ya puedes ir corriendo y terminar de vestirte. ¿Me oís, niñas, o queréis que se lo diga a vuestro padre cuando vuelva esta noche? Y…, y, José, si vas a la cocina, tranquiliza a la cocinera, ¿de acuerdo? Esta mañana le tengo verdadero pánico.
  El sobre en cuestión apareció por fin tras el reloj del comedor, aunque la señora Sheridan era incapaz de imaginar cómo podía haber ido a parar allí.
  —Alguna de vosotras me lo debe haber cogido del bolso, porque recuerdo claramente haber apuntado… Crema de queso y natilla de limón. ¿Has hecho éstos?
  —Sí.
  —Huevo y… —la señora Sheridan alejó el sobre para leer mejor—. Parece que ponga ratones, pero no puede ser ratones, ¿verdad?
  —Aceitunas, mamá —dijo Laura, leyendo por encima del hombro de su madre.
  —Ah, claro está, aceitunas. Parece una combinación horrible. Huevo y aceitunas.
  Por fin concluyeron y Laura llevó los rótulos a la cocina, en donde encontró a José tranquilizando a la cocinera, cuyo aspecto era perfectamente apacible.
  —Jamás he visto emparedados tan deliciosos —exclamó José embelesada—. ¿Cuántas clases ha dicho que había, cocinera? ¿Quince?
  —Quince, señorita José.
  —Bueno, pues la felicito.
  La cocinera barrió las migas con un largo cuchillo de cortar el pan y sonrió satisfecha.
  —Ha llegado el de casa Godber —anunció Sadie, saliendo de la despensa. Había visto pasar al hombre por la ventana.
  Aquello significaba que habían llegado los bollos de nata. La casa Godber era famosa por sus bollos de nata. No había nadie que se atreviese a hacerlos en casa.
  —Tráelos y ponlos sobre la mesa, niña —ordenó la cocinera.
  Sadie entró con los bollos y volvió a la puerta. Naturalmente José y Laura eran demasiado mayores para continuar preocupándose por los dulces, pero, a pesar de todo, estuvieron de acuerdo en que los bollos de Godber parecían muy, muy apetitosos. La cocinera había empezado a arreglarlos, quitándoles el azúcar en polvo que sobraba.
  —¿No te hacen recordar todas las fiestas a las que has ido? —comentó Laura.
  —Supongo que sí —dijo José, mucho más práctica, y a quien nunca le gustaba regresar al pasado—. La verdad es que tienen un aspecto delicioso, hinchaditos y esponjosos.
  —Anda, niñas, coged uno —dijo la cocinera con su voz amable—. La señora no va a enterarse.
  Oh, imposible. ¿Imaginas comer un bollo tan temprano, acabadas de desayunar? Una se estremecía solo de pensarlo. Pero al cabo de dos minutos José y Laura estaba chupándose los dedos con esa mirada absorta y reconcentrada que pone uno al tomar nata.
  —Salgamos al jardín por la puerta trasera —sugirió Laura—. Quiero ver cómo va el trabajo de los hombres del entoldado. Son unos hombres simpatiquísimos.
  Pero la puerta trasera se hallaba bloqueada por la cocinera, Sadie, el mandadero de Godber y Hans.
  Algo debía haber ocurrido.
  —Toc-toc-toc —asentía la cocinera como una gallina espantada. Sadie tenía la mano apoyada en la mejilla, como si tuviese dolor de muelas. Y Hans contraía el rostro en un esfuerzo por comprender. El único que parecía divertirse era el mandadero de la casa Godber. Era él quien había traído la noticia.
  —¿Qué ocurre? ¿Qué ha sucedido?
  —Ha habido un terrible accidente —dijo la cocinera—. Un hombre muerto.
  —¡Un hombre muerto! ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Cómo?
  Pero el mandadero de la casa Godber no iba a permitir que otros se aprovecharan de su historia, y muchísimo menos delante de sus narices.
  —¿Sabe esas casitas que están ahí, un poco más abajo, señorita?
  ¿Si las conocía? No faltaría más.
  —Pues un hombre joven que vive en ellas, uno llamado Scott, un carretero. Esta mañana su caballo se ha desbocado al encontrarse con un tractor, en la esquina de la calle Hawke. El pobre ha salido despedido de espaldas y ha caído de cabeza. Muerto.
  —¡Muerto! —exclamó Laura mirando fijamente al hombre.
  —Cuando le han recogido ya estaba muerto —dijo el mandadero de la casa Godber con fruición—. Cuando yo subía hacia aquí llevaban el cadáver a la casa. —Y, dirigiéndose a la cocinera, añadió—: Deja a la mujer con cinco pequeños.
  —José, ven un momento —dijo Laura tomando a su hermana por una manga y llevándola por la cocina hasta llegar al otro lado de la puerta de gamuza verde. Una vez allí se detuvo, recostándose contra la puerta—. ¡José! —dijo horrorizada—, ¿cómo nos lo vamos a hacer para suspender la fiesta?
  —¿Suspender la fiesta? —exclamó sorprendida José—. ¿Qué quieres decir?
  —Suspender el garden party, naturalmente. —¿En qué estaba pensando José?
  Pero José aún parecía más sorprendida.
  —¿Suspender el garden party? Laura, guapita, no digas ridiculeces. Nadie espera que lo suspendamos. No seas extravagante.
  —Pero no vamos a dar una fiesta en nuestro jardín con un hombre de cuerpo presente en una de las casitas de enfrente.
  Aquello sí que era grotesco. En realidad las casitas formaban una especie de callejuela apartada y estaban en la falda de la cuesta que llevaba a la casa. Entre ambas quedaba todo el anchuroso camino. Era cierto que estaban demasiado cerca. Seguramente eran la mácula más importante al panorama que se divisaba desde la mansión, y no tenían ningún derecho a estar en aquella vecindad. Eran unas casuchas infames pintadas de color pardusco, chocolate. En sus jardincillos delanteros lo único que había eran rabos de coles, gallinas pelonas y latas de tomate. Incluso el humo que salía de sus chimeneas olía a pobreza. Formaba harapos y girones brumosos y no los grandes penachos plateados que brotaban de las chimeneas de los Sheridan. En la callejuela vivían lavanderas, barrenderos y un zapatero, y un hombre que tenía la fachada de su casa completamente cubierta por pequeñas jaulas de pájaros. Los rapazuelos holgaban a sus anchas. Cuando los Sheridan eran pequeños se les había prohibido acudir allí por culpa de las palabrotas que pudiesen oír y de posibles contagios. Pero ya de mayores, Laura y Laurie habían pasado algunas veces por la callejuela en sus paseos. Era una zona sórdida y repugnante. Cuando pasaban por allí siempre sentían un escalofrío. Así y todo había que conocerlo todo; debían verse todas las caras de la realidad. Por eso pasaban por allí.
  —Imagínate qué efecto le producirá a esa pobre mujer la música de la orquesta —dijo Laura.
  —¡Oh, Laura, por Dios! —José empezaba a estar enfadada de verdad—. Si vas a prohibir que toque la orquesta cada vez que alguien tiene un accidente, te garantizo una vida muy dura. Lo siento tanto como tú. También me da lástima. —Su mirada se hizo más dura. Miró a su hermana como acostumbraba a mirarla de pequeñas cuando se peleaban—. Por muy sentimental que seas no conseguirás devolver la vida a un pobre obrero borracho —dijo quedamente.
  —¡Un borracho! ¿Quién ha dicho que estuviese borracho? —dijo Laura volviéndose furiosa hacia su hermana. Y reaccionó diciendo exactamente las mismas palabras que acostumbrara a decir en tales ocasiones—: Ahora mismo se lo voy a contar a mamá.
  —Ve, Laura, ve —la animó José.
  —Mamá, ¿puedo pasar? —preguntó Laura haciendo girar la gran manecilla de vidrio.
  —Claro, hija. Pero ¿qué te ocurre? ¿Qué haces tan acalorada? —preguntó la señora Sheridan dándose media vuelta frente al tocador. Se estaba probando un sombrero nuevo.
  —Mamá, acaba de matarse un hombre —empezó a contar Laura.
  —¿En nuestro jardín? —la interrumpió su madre.
  —¡No, no!
  —¡Oh, qué susto me has dado! —espetó la señora Sheridan suspirando aliviada, y quitándose el gran sombrero que colocó sobre sus rodillas.
  —Mamá ¿quieres escucharme? —suplicó Laura. Jadeando, casi atragantándose, le contó aquel tremendo suceso—. Naturalmente tenemos que suspender la fiesta, ¿verdad? —suplicó—. Imagínate la orquesta y toda la gente invitada. Nos oirían, mamá: ¡son casi vecinos nuestros!
  —Pero, hijita, piensa un poco con la cabeza. Sólo nos hemos enterado de lo ocurrido por casualidad. Si alguien hubiese muerto de muerte natural, y lo cierto es que no entiendo muy bien cómo siguen viviendo hacinados en esos agujeros sucios, no hubiésemos suspendido la fiesta, ¿de acuerdo?
  La única respuesta que Laura podía dar al planteamiento de su madre era un «sí», pero de algún modo presentía que todo el planteamiento estaba equivocado. Tomó asiento en el sofá de su madre y pellizcó la orla de un cojín.
  —Mamá, ¿no crees que es mostrarnos tremendamente crueles? —preguntó.
  —¡Hijita! —exclamó la señora Sheridan incorporándose y acercándose a ella con el sombrero en las manos. Y antes de que Laura hubiese tenido tiempo de detenerla, ya le había colocado el sombrero en la cabeza—. Toma, hija —anunció—, es tuyo. Te viene a la medida. A mí me hace demasiado joven. Nunca te había visto tan elegante. ¡Mírate al espejo! —añadió, entregándole un espejito de mano.
  —Pero, mamá… —volvió a empezar Laura. Era incapaz de mirarse en el espejo y tuvo que girarse.
  Y la señora Sheridan perdió la paciencia, igual como había ocurrido con José.
  —No seas absurda, Laura —dijo fríamente—. Esa gente no espera ningún sacrificio de nosotros. Y no es muy agradable echar a perder la diversión de los demás, como tú estás haciendo.
  —No lo comprendo —musitó Laura, saliendo rápidamente de la habitación de su madre y precipitándose en su propio dormitorio. Al entrar lo primero que vio fue, casualmente, su agraciada figura juvenil reflejada en el espejo, el sombrero negro engalanado de doradas margaritas y una larga cinta de terciopelo negro. No se había imaginado que le fuese a sentar tan bien. ¿Tendrá mamá razón?, pensó. Y empezó a desear que sí, que la tuviese. ¿De verdad me estoy mostrando extravagante? Tal vez fuese una extravagancia. Durante un segundo volvió a ver fugazmente a aquella pobre mujer y a sus hijuelos, y a los hombres entrando el cadáver en la casa. Pero todo parecía confuso, irreal, como una de esas fotos de los periódicos. Volveré a pensar en ello cuando termine la fiesta, decidió. Y, por alguna razón, le pareció que aquella era la actitud más sensata…
  A la una y media habían terminado de almorzar. A las dos y media ya estaban a punto para empezar la batalla. La orquesta, con sus uniformes verdes, había llegado y estaba aposentada en un rincón de la pista de tenis.
  —¡Querida! —exclamó Kitty Maitland—. ¿No te parecen igualitos que ranas? Tenías que haberles colocado alrededor del estanque y poner al director en el centro, sobre una hoja de nenúfar.
  Llegó Laurie y las saludó mientras subía rápidamente a cambiarse. Al verle, Laura volvió a recordar el accidente. Quería contárselo. Si Laurie estaba de acuerdo con José y con su madre era que estaba bien. Le siguió hasta el recibidor.
  —¡Laurie!
  —¿Qué hay? —respondió él, ya a medio subir las escaleras, pero cuando se giró y descubrió a su hermana, pegó un resoplido y abrió los ojos de par en par—. ¡Hermanita, estás imponente! —dijo—. ¡Llevas un sombrero que es una verdadera preciosidad!
  Laura comentó débilmente.
  —¿Tú crees? —y le sonrió, sin atreverse a decirle nada.
  Poco después empezaron a llegar los invitados, cada vez en mayor número. La orquesta empezó a tocar; los camareros contratados corrían de la casa al entoldado. Mirara uno a donde mirase se veían parejas paseando, inclinándose a observar las flores, saludando, dirigiéndose al jardín. Eran como aves deslumbrantes que hubiesen ido a posarse en el jardín de los Sheridan por una tarde, antes de proseguir camino hacia…, hacia ¿dónde? ¡Ah, qué felicidad hallarse con gente que rebosa felicidad, estrechar la mano, rozar las mejillas, sonreír a los ojos!
  —¡Laura, querida, estás hecha una monada!
  —¡Hijita, qué bien te sienta ese sombrero!
  —¿Sabes que tienes un aspecto un poco español? Nunca te había visto tan atractiva.
  Y Laura, ruborizada, respondía amablemente:
  —¿Han tomado té? ¿No quiere un helado? Los helados de granadilla son realmente deliciosos. —Corrió hacia su padre y le pidió—: Papaíto, ¿podemos dar algo de beber a los músicos?
  Y aquella tarde perfecta fue avanzando lentamente, difuminándose lentamente, cerrando lentamente sus pétalos.
  —Ha sido una fiesta verdaderamente encantadora…
  —Un éxito…
  —El mejor garden party al que hemos asistido últimamente…
  Laura ayudó a su madre a despedir a los invitados. Permanecieron juntas, de pie, en el porche, hasta que todos se hubieron ido.
  —Uf, ya se ha terminado, menos mal —suspiró la señora Sheridan—. Avisa a los demás, Laura. Vamos a tomar un poco de café. Estoy rendida. Sí, ha sido un éxito sensacional. Pero, ¡uy!, estas fiestas. ¡No sé cómo podéis insistir siempre en dar fiestas y más fiestas!
  Ytodos tomaron asiento bajo el entoldado desierto.
  —Anda, papá, toma un emparedado. Los letreritos los he escrito yo.
  —Gracias, hija —dijo el señor Sheridan despachando el emparedado de un solo bocado. Tomó otro—. Supongo que no os habréis enterado de un horrible accidente que ha ocurrido esta mañana —dijo.
  —Dios mío —dijo la señora Sheridan, levantando una mano—, sí que nos hemos enterado. Por poco nos agua la fiesta. Laura quería que suspendiésemos el party.
  —¡Oh, mamá! —protestó Laura, que no deseaba que bromeasen sobre aquel incidente.
  —De todos modos ha sido algo horripilante —prosiguió el señor Sheridan—. El pobre hombre estaba casado. Vivía ahí abajo en el callejón, y, según he oído contar, deja mujer y media docena de niños.
  Por unos instantes se produjo un extraño silencio. La señora Sheridan tamborileó con los dedos en su taza. Lo cierto era que su marido estaba mostrando muy poco tacto…
  De pronto levantó la cabeza. En la mesa quedaban muchísimos emparedados, pastelillos, bollos, nadie los había tocado, y se echarían a perder. Había tenido una de sus brillantes ideas.
  —Ya sé —dijo—. Llenemos una canastilla y mandémosle a esa pobre criatura un poco de comida que es absolutamente excelente. De cualquier modo para los niños será un manjar suculento. ¿No os parece? Además seguramente tendrá vecinos que irán a darle el pésame y todas esas cosas. Es perfecto que ya lo tengamos todo preparado. ¡Laura! —llamó, levantándose de un brinco—. Tráeme la canastilla grande que está en el armario de las escaleras.
  —Pero, mamá, ¿crees realmente que es una buena idea? —intervino la muchacha.
  Y otra vez, qué curioso era, pareció que fuese distinta a todos los demás. Llevarle las sobras de su fiesta. ¿Iba realmente a apreciar aquello la pobre mujer?
  —¡Pues claro está que lo es! ¿Qué demonios te ocurre hoy? Hace un par de horas insistías en que nos mostrásemos compadecidos, y ahora…
  ¡Oh, estaba bien! Laura salió corriendo en busca de la canastilla, que su madre llenó con un montón rebosante de comida.
  —Llévasela tú misma, hija —dijo—. Puedes ir tal como vas. No, espera, lleva también unos lirios. A la gente de su condición los lirios les impresionan mucho.
  —Los tallos le van a echar a perder la falda de encaje, mamá —dijo José, tan práctica como de costumbre.
  Era cierto. Suerte que lo había dicho.
  —Entonces lleva sólo la canastilla. Y, ¡Laura…! —añadió su madre siguiéndola fuera del entoldado—, bajo ningún concepto no…
  —¿Qué, mamá?
  No, era mejor no poner aquellas ideas en la cabeza de la pobre niña.
  —¡Nada, nada! Anda, corre.
  Empezaba a oscurecer y Laura cerró las puertas de la verja del jardín. Un enorme perrazo pasó corriendo como una exhalación. El camino tenía un brillo blanquecino, y en el fondo de la hondonada las casuchas quedaban envueltas por las sombras. Qué tranquilo parecía todo después de aquella tarde. Bajaba el pequeño cerro dirigiéndose a un hogar en el que había un hombre muerto, pero no acababa de hacerse a la idea. ¿Por qué le costaba tanto? Se detuvo un instante. Y le pareció que todos los besos, las voces, el tintineo de las cucharillas, las risas, el aroma del césped pisoteado, reverberaban en su interior. No le cabía nada más. ¡Qué extraño! Miró el pálido celaje y lo único que pudo pensar fue: «Sí, la fiesta ha sido un gran éxito».
  Había llegado al cruce del camino. Allí empezaba el callejón oscuro, lleno de humo. Mujeres envueltas en chales, tocadas con gorras de hombre, de tweed, se afanaban de un lado a otro. Los hombres estaban apoyados en las cercas. Algunos niños jugaban en los umbrales de las casuchas. Un leve zumbido se elevaba de todas aquellas míseras casas. En algunas se veía un destello de luz, y una sombra, como un cangrejo, moviéndose de un lado a otro de la ventana. Laura bajó la cabeza y apretó el paso. Ahora hubiese deseado llevar puesto el abrigo. ¡Qué llamativo resultaba su vestido! Y el gran sombrero con la cinta de terciopelo. ¡Si tan sólo hubiese llevado otro sombrero! ¿La estaban mirando? Seguro. Había cometido un error yendo; desde el primer momento había tenido la impresión de estar cometiendo un error. ¿Iba a dar media vuelta ahora?
  No, era demasiado tarde. Aquella era la casa. Tenía que serlo. Afuera se había formado un lóbrego grupito de gente. Junto al portillón había una anciana muy vieja con una muleta, sentada en una silla, mirando. Tenía los pies envueltos en un papel de periódico. Las voces se fueron acallando a medida que Laura se aproximó. El grupo de gente se abrió dejando un pasillo. Era como si la estuviesen esperando, como si hubiesen sabido de antemano que se dirigía hacia ellos.
  Se sintió terriblemente nerviosa. Echándose la cinta de terciopelo tras el hombro, preguntó a una mujer que estaba allí parada:
  —¿Es esta la casa de la señora Scott?
  Y la mujer, con una sonrisa enigmática, respondió:
  —Sí, mocita.
  ¡Ah, poder escapar de todo aquello! Incluso llegó a musitar:
  —Dios mío, ayúdame —mientras avanzaba por el estrecho caminillo y llamaba a la puerta.
  Poder escapar a aquellas miradas que la seguían, o, al menos, poder taparse con algo, aunque fuese con uno de los chales de aquellas mujeres. Me limitaré a dejar la canastilla y me voy, decidió. No esperaré ni a que la vacíen.
  La puerta se abrió. Una mujer vestida de negro apareció en el umbral.
  Laura dijo:
  —¿Es usted la señora Scott?
  Pero, ante su horror, la mujer respondió:
  —Entre, por favor —y cerró la puerta, dejándola encerrada en aquel corredor.
  —No —replicó Laura—. No pensaba entrar. Sólo quería dejarles esta canastilla. Me manda mi madre…
  La mujercilla en el tenebroso corredor pareció no haberla oído.
  —Por favor, venga por aquí, señorita —dijo con voz untuosa, y Laura la siguió.
  De pronto se encontró en una mísera cocina, de techo bajo, iluminada por un ahumante candil. Junto al fuego estaba sentada una mujer.
  —Em —dijo la criatura que le había franqueado la entrada—. ¡Em! Es una señorita. —Y se volvió hacia Laura, comunicándole intencionadamente—: Yo soy su hermana, señorita. Tiene que disculparla, ¿comprende?
  —Oh, claro, naturalmente —dijo Laura—. Por favor, por favor, no la moleste. Sólo…, sólo quería dejar…
  Pero en aquel instante la mujer sentada junto al fuego se dio media vuelta. Su rostro abotargado, enrojecido, con los ojos y labios hinchados, tenía un aspecto espantoso. Se hubiese dicho que no entendía qué razón había llevado a Laura hasta allí.
  ¿Qué significaba aquello? ¿Qué hacía aquella extraña en la cocina con una canastilla? ¿Qué era todo aquello? Y el mísero rostro vuelve a sumirse en su abstracción.
  —Bueno, mujer —dijo la hermana—, ya se las daré yo las gracias a la señorita.
  Y volvió a empezar:
  —Tiene que perdonarla, señorita, comprende, ¿verdad? —y su rostro, también abotargado, intentó esbozar una untuosa sonrisa.
  Laura sólo quería salir de allí, escapar. De nuevo estaban en el pasillo. Se abrió una puerta y entró directamente en el aposento en donde yacía el muerto.
  —Querrá verlo, ¿verdad? —dijo la hermana de Em, y pasó rozando junto a Laura y se acercó a la cama—. No tenga miedo, mocita —su voz se había tornado afectuosa y astuta, y retiró cariñosamente la sábana—, ha quedado como un retrato. No se le nota nada. Acérquese, guapa.
  Laura se aproximó.
  Allí yacía un hombre joven, profundamente dormido —durmiendo tan apacible y profundamente que se hallaba lejos, muy lejos, de ambas. Ah, un sueño tan remoto y apacible. Estaba soñando. Y no iba a despertar nunca más. Su cabeza estaba ligeramente hundida en la almohada y tenía los ojos cerrados: bajo sus párpados cerrados ya no verían nunca más. Su sueño se lo había llevado.
  ¿Qué le importaban ya los garden parties, las canastillas de emparedados o los vestidos bordados? Se hallaba muy lejos de todas aquellas cosas. Y era espléndido, hermosísimo. Mientras ellos reían y la orquesta desgranaba sus melodías, aquella maravilla había llegado a aquel callejón. Feliz…, feliz… Todo va bien, decía aquel rostro dormido. Todo es tal y como debe ser. Estoy contento.
  Pero, a pesar de todo, era imposible no echarse a llorar, y no podía dejar la habitación sin decirle algo. Laura dejó escapar un sollozo infantil:
  —Disculpe mi sombrero —dijo.
  Y ahora ya no esperó a la hermana de Em. Supo encontrar el camino por el corredor hasta la puerta, y por el caminillo, pasando junto a todas aquellas gentes macilentas. En la esquina del callejón encontró a Laurie. Salió de entre las sombras.
  —¿Eres tú, Laura?
  —Sí.
  —Mamá empezaba a inquietarse. ¿Ha ido todo bien?
  —Sí, bastante bien. ¡Oh, Laurie! —exclamó cogiéndole del brazo y apretándose contra él.
  —Vaya, no estarás llorando, ¿verdad? —Preguntó su hermano.
  Laura denegó con la cabeza. Pero lloraba.
  Laurie le echó un brazo al hombro.
  —No llores —dijo su voz cálida, cariñosa—. ¿Ha sido horrible?
  —No —sollozó ella—. Ha sido maravilloso. Pero Laurie… —Se detuvo y miró a su hermano—. ¿No es la vida… —balbuceó—, no es la vida…? —Pero era incapaz de explicar lo que la vida era. No importaba. Laurie la había comprendido.
  Lo es, querida —dijo él.

Éxtasis - Katherine Mansfield

          A pesar de sus treinta años, Bertha Young disfrutaba aún de instantes como éste en que quería correr en vez de caminar, bailar dando saltitos arriba y abajo en la acera, lanzar un aro, tirar algo al aire y volver a tomarlo o quedarse quieta y reírse de… nada, sencillamente de nada.
  ¿Qué puede hacer una cuando se tienen treinta años y, al doblar la esquina de tu propia calle, de pronto te quedas traspuesta por una sensación de éxtasis, ¡de absoluto éxtasis!, como si de pronto te hubieras tragado un trozo de ese último sol radiante de la tarde y éste te ardiera en el pecho, proyectando una llovizna de chispas en cada partícula, en cada uno de los dedos de las manos y de los pies…?
  Cielos, ¿es que no hay modo de que puedas expresarlo sin estar ebria o fuera de tus cabales? ¡Necia civilización! ¿Para qué nos darán un cuerpo si tenemos que encerrarlo en un estuche como a un Stradivarius?
  «No, esto del Stradivarius no es precisamente lo que quiero decir», pensó mientras corría escaleras arriba, rebuscaba las llaves dentro del bolso (las había olvidado, como siempre) y hacía ruido en el buzón.
  —No es lo que quiero decir, porque… Gracias, Mary —entró en el vestíbulo.
  —¿Ha vuelto la niñera?
  —Sí, señora.
  —¿Y ha llegado la fruta?
  —Sí, señora. Ya ha llegado todo.
  —¿Quieres por favor subir la fruta al comedor? Yo la prepararé antes de subir.
  Había tinieblas y hacía mucho frío en el comedor. Pero aun así, Bertha se quitó el abrigo; no podía soportar ni un segundo más aquel broche asfixiante. El aire frío le tocó los brazos.
  Pero en su pecho seguía ese rincón de destello radiante…, aquella llovizna de chispas proyectadas hacia afuera. Casi resultaba insoportable. Casi no se atrevía a respirar por miedo a avivarla y en cambio respiraba hondo, cada vez más hondo. Casi no se atrevía a mirar en el frío espejo…, pero miró y eso la convirtió de nuevo en mujer, una mujer radiante, con labios sonrientes y temblorosos, con grandes ojos oscuros y un aire de estar escuchando, de estar esperando que algo…, que algo maravilloso pasara…, algo que sabía que pasaría con toda seguridad.
  Mary puso la fruta en una bandeja junto con un cuenco de cristal y un plato azul, muy bonito, con un lustre muy raro por encima, como si lo hubieran metido en leche.
  —¿Quiere que encienda la luz, señora?
  —No, gracias. Aún puedo ver muy bien.
  Había mandarinas y manzanas de color rosa fresa. Unas cuantas peras amarillas, suaves como la seda, uvas blancas cubiertas de una pátina de plata y un gran racimo de uvas negras. Estas últimas las había comprado para que hicieran juego con la alfombra nueva del comedor. Sí, sonaba algo estrafalario y absurdo, pero era la verdadera razón por la que las había comprado. En la tienda había pensado: «Tengo que comprar algunas negras para que la alfombra destaque sobre la mesa». Y en aquel momento le había parecido de mucho sentido común.
  Cuando hubo terminado de colocarlas y hubo construido dos pirámides con esas formas redondas y relucientes, se apartó unos pasos de la mesa, para captar el efecto…, y la verdad es que quedaba de lo más curioso. Porque la mesa oscura parecía fundirse con la luz de las tinieblas y con el cuenco azul y quedar flotando en el aire. Era…, claro que en su actual estado de ánimo, era increíblemente maravilloso. … Se empezó a reír.
  —No, ni hablar. Me estoy poniendo histérica —y recogió el bolso, tomó el abrigo y subió corriendo escaleras arriba al cuarto del bebé.
  La niñera estaba sentada en una mesita baja dándole la cena a la Pequeña B después del baño. El bebé llevaba puesto un camisoncito de franela blanco y una chaquetita de lana azul y llevaba el fino pelito negro peinado hacia arriba en una crestita muy graciosa. Levantó los ojitos cuando vio a su madre y empezó a dar saltos.
  —Venga, cielito, cómetelo todo como una niña buena —dijo la niñera, con los labios apretados de una forma que Bertha conocía bien y que significaba que una vez más había entrado en la habitación en mal momento.
  —¿Se ha portado bien, Nanny?
  —Ha sido una delicia toda la tarde —susurró Nanny—. Fuimos al parque y yo me senté en una silla y la saqué del cochecito; se acercó un perro muy grande y me puso la cabeza en la rodilla; ella le agarró la oreja y le dio un tirón. ¡Dios santo, tenía usted que haberla visto!
  Bertha deseaba preguntar si no era muy peligroso dejarla que le agarrase la oreja a un perro desconocido. Pero no se atrevió. Se quedó mirándolas con las manos caídas a los lados, como la niña pobre delante de la niña rica con muñeca.
  El bebé volvió a levantar los ojos para mirarla, se quedó con la mirada fija en ella y después puso una sonrisa tan linda que Bertha no pudo evitar llorar.
  —Nanny, Nanny, déjeme que termine yo de darle la cena mientras usted recoge las cosas del baño.
  —Bueno, señora, no es bueno que cambie de brazos mientras come —dijo Nanny sin dejar de susurrar—. Eso la pone nerviosa; es muy probable que la haga enfadar.
  Qué absurdo era todo. ¿Para qué tener una niñita si hay que guardarla, no ya en un estuche como a un Stradivarius, pero en los brazos de otra mujer?
  —¡Lo siento, tengo que hacerlo! —dijo.
  Muy ofendida, Nanny se la puso en los brazos.
  —Ahora, no la excite después de comer. Sabe que usted lo hace, señora. ¡Y luego me hace pasar un mal rato!
  ¡Santo cielo! Nanny salió del cuarto con las toallas del baño.
  —Bueno, ahora eres toda mía, mi joyita —dijo Bertha, y la niña se acurrucó contra ella.
  Comía que era una maravilla, abriendo mucho la boca para la cuchara y zarandeando las manos. Unas veces no soltaba la cuchara, y otras, justo cuando Bertha la había llenado, la tiraba por los aires de un manotazo.
  Cuando el puré se terminó, Bertha se volvió hacia la chimenea.
  —Eres bonita… ¡eres muy bonita! —dijo besando a su bebé tan calentita—. Te tengo cariño. Me gustas.
  Y de hecho de qué manera adoraría a Pequeña B (el cuello cuando lo doblaba hacia delante, sus exquisitos dedos del pie reluciendo transparentes a la luz del fuego) que le sobrevino de nuevo la sensación de éxtasis absoluto y de nuevo no supo cómo sacarla afuera, qué hacer con ella.
  —Quieren que se ponga al teléfono —dijo Nanny, regresando victoriosa y tomando a su Pequeña B.
  Voló escaleras abajo. Era Harry.
  —Ah. ¿Eres tú, Ber? Oye. Voy a llegar tarde. Tomaré un taxi e iré para allá lo antes que pueda, pero haz que retrasen la cena diez minutos, ¿quieres?, ¿de acuerdo?
  —Sí, perfecto. ¡Ah, Harry!
  —¿Sí?
  ¿Qué tenía que decir? No tenía nada que decir. Sólo deseaba hablar con él un momento. No podía gritar de manera absurda: «¡Qué día maravilloso!».
  —¿Me querías decir algo? —dijo deprisa la vocecita.
  —Nada. Entendu —dijo Bertha, y colgó el auricular, pensando en lo rematadamente necia que era esta civilización.
  Tenían invitados a cenar. El señor Norman Knight y su esposa, una pareja de gran renombre, él a punto de abrir un teatro y ella terriblemente interesada en la decoración de interiores, un hombre joven, Eddie Warren, que acababa de publicar un librito de poemas y al que todo el mundo quería invitar a cenar, y un «descubrimiento» de Bertha llamada Pearl Fulton. Lo que hacía la señorita Fulton, Bertha no lo sabía. Se habían conocido en el club y Bertha se había fascinado con ella, como se fascinaba siempre con mujeres guapas con un halo de misterio.
  El morbo fue que aunque habían salido juntas y habían quedado muchas veces y en realidad habían hablado, Bertha no había logrado aún captarla. Hasta cierto punto, la señorita Fulton era misteriosamente, maravillosamente franca, pero el cierto punto había pasado y ella no había logrado ir más allá.
  ¿Habría algo más allá? Harry dijo: «No». Se inclinó a tacharla más bien de aburrida y «fría como todas las rubias con un toque, quizás, de anemia cerebral». Pero Bertha no estaba de acuerdo con él; aún no, de ninguna forma.
  —No, ese modo que tiene de sentarse con la cabeza un poco ladeada, y sonriendo, esconde algo, Harry, y tengo que averiguar qué es ese algo.
  —Lo más probable es que esconda un buen estómago —había respondido Harry.
  No dejaba de adelantarse a Bertha con respuestas de este tipo… «Un hígado helado, preciosa» o «simples gases» o «puede que esté enferma del riñón»… Por alguna extraña razón, a Bertha le gustaba esto, y casi lo admiraba muchísimo en él.
  Entró en el salón y encendió el fuego; después, recogiendo uno por uno los cojines que Mary había colocado con tanto cuidado, los volvió a lanzar sobre las sillas y los sofás. Aquello marcaba la diferencia: la estancia recobró la vida en un santiamén. Cuando estaba a punto de lanzar el último se sorprendió a sí misma abrazándolo de repente, apasionadamente, apasionadamente. Pero aquello no apagó la llama en su pecho. ¡Todo lo contrario!
  Los ventanales abiertos del salón daban a un balcón desde el que se divisaba el jardín. Al final de todo, contra el muro, había un peral alto y esbelto en pletórica floración; se erigía con absoluta perfección, tan plácido contra el cielo de verde jade. Bertha no pudo evitar percibir, incluso desde esta distancia, que no tenía ni un solo brote ni pétalo marchito. Debajo, en los arriates del jardín, los tulipanes rojos y amarillos, colmados de flores, parecían apoyarse en el crepúsculo. Un gato gris, arrastrando la panza, cruzaba el césped deslizándose, y uno negro, su sombra, le seguía el rastro. Mirarlos, tan absortos y tan veloces, le produjo a Bertha un curioso escalofrío.
  —¡Qué cosa más horripilante son los gatos! —balbuceó, se apartó de la ventana y empezó a andar de un lado a otro…
  Qué fuerte olían los junquillos en la sala cargada. ¿Demasiado fuerte? Oh, no. Y así, como si hubiera sido vencida, se lanzó a un sillón y se apretó los ojos con las manos.
  —¡Soy demasiado feliz, demasiado feliz! —murmuró.
  Y le pareció ver en sus párpados el precioso peral con sus flores abiertas de par en par como un símbolo de su propia vida.
  En realidad, en realidad, lo tenía todo. Harry y ella seguían tan enamorados como siempre, y continuaban juntos magníficamente bien y realmente eran buenos compañeros. Tenían un bebé adorable. No tenían que preocuparse por el dinero. Tenían esta casa ultracómoda con jardín. Y amigos, amigos modernos, emocionantes, escritores, pintores, poetas o personas interesadas por los problemas sociales: justo la clase de amigos que ellos deseaban. Y también había libros, y había música, y ella había descubierto un sastrecillo maravilloso y se iban al extranjero en verano y la nueva cocinera hacía las tortillas más exquisitas…
  —Qué absurda soy. ¡Absurda! —se incorporó; pero se sintió algo mareada, algo ebria. Debía ser primavera.
  Sí, era primavera. En ese mismo instante estaba tan cansada que no podía arrastrarse escaleras arriba para vestirse.
  Un vestido blanco, un collar de cuentas de jade, zapatos y medias verdes. No era de repente. Había pensado en este conjunto horas antes de detenerse ante la ventana del salón.
  Los pétalos le restallaron levemente al entrar en el vestíbulo. Besó a la señora de Norman Knight, que se estaba quitando el más divertido de los abrigos naranja con una procesión de monos negros que daba la vuelta al dobladillo y subía hasta las solapas.
  —¡Por qué! ¡Por qué! ¡Por qué será tan aburrida la clase media!… ¡tan absolutamente carente de sentido del humor! Querida, estoy aquí sólo de chiripa, de chiripa, y Norman es la chiripa protectora. Porque mis queridos monitos levantaron tal revuelo en el tren que éste se convirtió en un solo hombre que no hacía más que comerme con los ojos. No se reían, no lo encontraban divertido, lo cual me hubiera encantado. No, sólo se quedaban mirando y me traspasaban de arriba abajo con la mirada.
  —Pero lo máximo —dijo Norman, ajustándose en el ojo un gran monóculo con la montura de concha de tortuga—, no te importará que te cuente esto, Cara, ¿no? —(En casa y entre amigos se llamaban entre ellos Cara y Jeta)—. El colmo fue cuando ella, que ya estaba más que harta, se volvió hacia la mujer que tenía al lado y le dijo: «¿No ha visto usted nunca un mono?».
  —¡Vaya que sí! —la señora de Norman Knight se unió a la risa—. ¿No fue también aquello el colmo de los colmos?
  Y una cosa más divertida todavía era que ahora que no tenía el abrigo puesto era igualita que un mono muy inteligente que hasta había confeccionado aquel vestido de seda amarilla a partir de restos de cáscara de banana. Y sus pendientes de ámbar parecían pequeños maníes colgando.
  —Va a hacer un otoño triste, muy triste —dijo Jeta parándose delante del cochecito de Pequeña B—. Cuando un cochecito entra en el vestíbulo… —y dejó en el aire el resto del dicho.
  Sonó el timbre. Era Eddie Warren, flaco y pálido como de costumbre y en estado de extrema ansiedad.
  —¿Es ésta la casa, o no lo es? —suplicó.
  —Pues creo que sí… espero que sí —dijo Bertha vivaracha.
  —He tenido una experiencia tan espantosa con un taxista; era de lo más siniestro. No conseguí hacer que parara. Mientras más le tocaba y más le avisaba, más rápido iba. Y aquel adefesio de cabeza achatada, abrazado a aquel volante diminuto.
  Se estremeció y se quitó una larguísima bufanda de seda blanca. Bertha se percató de que sus calcetines eran blancos también, ¡qué rico!
  —¡Pero qué espanto! —exclamó ella.
  —Y tanto que lo fue —dijo Eddie siguiéndola hasta el comedor—. Ya me vi recorriendo la Eternidad en un taxi intemporal.
  Conocía a los señores de Norman Knight. De hecho, estaba a punto de componer una obra de teatro para N. K. cuando lograra terminar el proyecto de teatro.
  —Y bien, Warren, ¿cómo va la obra? —dijo Norman Knight dejando caer el monóculo y dándole su tiempo al ojo para subir a la superficie antes de volver a comprimirlo tras la lente.
  Y la señora de Norman Knight:
  —Ah, señor Warren, ¡qué calcetines tan alegres!
  —Cuánto me alegro de que le gusten —dijo él mirándose los pies—. Parece que se han vuelto mucho más blancos desde que salió la luna —y volvió su joven rostro, flaco y afligido, hacia Bertha.
  —Es que hay luna, ¿sabe?
  Ella quiso gritar: «¡Sin duda alguna… y tan a menudo, tan a menudo!».
  La verdad es que era una persona de lo más atractiva. Y también lo era Cara, acurrucada ante el fuego con sus pieles de banana; y también Jeta lo era, fumándose un cigarrillo y diciendo mientras tiraba la ceniza: «¿Por qué se demora el esposo?».
  —Ahí está, ya.
  La puerta de la calle se abrió y se cerró con un ¡pam! Harry gritó: «Hola, gente. Bajo en cinco minutos». Y lo oyeron subir corriendo las escaleras. Bertha no pudo evitar sonreír; sabía que a él le gustaba hacer las cosas a toda máquina. Después de todo, ¿qué importaban cinco minutos más? Pero él se convencía a sí mismo de que importaban más que nada en el mundo. Y luego haría una entrada triunfal en el comedor con una frialdad y una seguridad en sí mismo arrolladora.
  Harry tenía tantas ansias de vivir. Cielos, cuánto apreciaba ella eso en él. Y su pasión por luchar, por hallar en todo lo que se le pusiera por delante una prueba más de su poder y de su bravura…, también eso lo entendía. Incluso cuando lo hacía parecer, en alguna ocasión, algo ridículo quizás a ojos de otros que no lo conocían bien… porque había momentos en los que se precipitaba a la batalla donde no había batalla. Ella conversó y rió y se olvidó por completo, hasta que entró él tal y como ella lo había imaginado, de que Pearl Fulton aún no había aparecido.
  —Me pregunto si la señorita Fulton se habrá olvidado.
  —Supongo —dijo Harry—. ¿Está al teléfono?
  —¡Ah! Acaba de llegar un taxi —y Bertha sonrió con ese airecillo de dueña que siempre adoptaba mientras sus descubrimientos femeninos eran nuevos y misteriosos—. Pearl vive en los taxis.
  —Si es así acabará hecha una vaca —dijo Harry con frialdad, llamando a cenar con la campanilla—. Grave peligro para las rubias.
  —Harry, no, por favor —le advirtió Bertha mirándolo con una risotada.
  Otro momentito de nada pasó mientras esperaban, riendo y charlando, un pelín demasiado a sus anchas, un pelín demasiado inconscientes. Y entonces entró la señorita Fulton, toda de plata, con una redecilla plateada recogiéndole el pelo rubio claro, sonriendo, con la cabeza un poco ladeada.
  —¿Llego tarde?
  —No, en absoluto —dijo Bertha—. Pasa —y la tomó del brazo y entraron en el comedor.
  ¿Qué había en aquel roce de aquel brazo frío que avivara y avivara, hasta empezar a encender aquella llama del éxtasis con la que Bertha no sabía qué hacer?
  La señorita Fulton no la miró; aunque de todos modos raramente miraba a las personas cara a cara. Los pesados párpados le reposaban sobre los ojos y esa extraña media sonrisa iba y venía a sus labios como si viviera más de escuchar que de mirar. Pero Bertha supo enseguida, como si se hubieran cruzado la más prolongada e íntima mirada, como si se hubieran dicho una a otra «¿tú también?», que Pearl Fulton estaba sintiendo exactamente lo mismo que ella mientras removía la preciosa sopa roja en el plato gris.
  ¿Y los demás? Cara y Jeta, Eddie y Harry, con sus cucharas entrando y saliendo de la sopa, secándose los labios con sus servilletas, desmigando el pan, jugueteando con los tenedores y los vasos y charlando.
  —La conocí en el Show de Alpha; qué criatura más rara. No sólo se había cortado el pelo, sino que parecía como si se hubiera seccionado más que un buen trozo de brazos y piernas con las tijeras, y del cuello y también de su pobre naricita.
  —¿No está de lo más liée con Michael Oat?
  —¿El tipo que escribió Amor con dientes postizos?
  —Quiere escribir una obra de teatro para mí. Sólo un acto. Sólo un hombre. Decide suicidarse. Da todas las razones por las que debería hacerlo y por las que no. Y justo cuando ya se ha decidido por hacerlo o por no hacerlo…, telón. La idea no está nada mal.
  —¿Cómo lo va a llamar? ¿Dolor de estómago?
  —Creo haber visto alguna vez la misma idea en una revistita francesa, totalmente desconocida en Inglaterra.
  No, no la conocían. Eran encantadores, encantadores, y ella adoraba tenerlos allí, sentados a su mesa, y adoraba ofrecerles comida y vino deliciosos. ¡De hecho, deseaba decirle lo exquisitos que eran, y qué grupo más estético formaban, cómo se hacían destacar entre sí y cómo le recordaban una obra de Chéjov!
  Harry estaba disfrutando de su cena. Formaba parte de su, bueno, no exactamente de su naturaleza, y desde luego no de su talante, de su lo que quiera que fuese, hablar de las comidas y vanagloriarse de su «mórbida pasión por la carne blanca de la langosta» y por «el verde de los helados de pistacho, verdes y fríos como los párpados de las bailarinas egipcias».
  Cuando la miró y dijo: «Bertha, es un souflée absolutamente admirable», ella casi se echó a llorar como una niña de la emoción.
  Ah, ¿por qué se sentía tan tierna con todo el mundo esta noche? Todo era bueno, todo estaba bien. Todo lo que iba pasando parecía volver a llenar su rebosante copa de éxtasis.
  Y sin embargo, en el fondo de su mente seguía el peral. Ahora estaría plateado, a la luz de la luna de mi pobrecillo Eddie, plateado como la señorita Fulton, sentada allí dándole vueltas a una mandarina con aquellos dedos delgados tan pálidos que parecían irradiar luz.
  Lo que sencillamente no lograba entender, lo que era milagroso, era de qué manera había podido adivinar su estado de ánimo con tanta precisión y de forma tan instantánea. Porque ni por un momento dudó de si podía estarse equivocando, y aun así, ¿en qué se basaba?, en nada de nada.
  «Creo que esto ocurre muy, muy rara vez entre mujeres. Y nunca entre hombres», pensó Bertha. «Aunque quizá me dé alguna señal mientras preparo el café en el salón».
  Lo que quería decir con aquello no lo sabía, y lo que ocurriría después de aquello… no podía imaginárselo.
  Mientras pensaba todo esto se veía a sí misma charlando y riéndose. Tenía que hablar para sofocar su deseo de reír.
  «O río o me muero».
  Aunque al percatarse de la insignificante costumbre tan simpática de meterse algo dentro del escote, como si también allí guardara un puñadito de maní en secreto, Bertha se tuvo que enterrar las uñas en las palmas de las manos para no extralimitarse riéndose.
  Por fin se le pasó. Y:
  —Ven a ver mi cafetera nueva —dijo Bertha.
  —Sólo tenemos una cafetera nueva cada quince días —dijo Harry. Cara la tomó esta vez del brazo; la señorita Fulton ladeó la cabeza y las siguió.
  El fuego en el salón se había reducido a un rojo y chisporroteante «nido de polluelos de ave fénix», dijo Cara.
  —No enciendas la luz todavía. Es tan hermoso —y volvió a acurrucarse junto al fuego. Siempre tenía frío… «sin su chaquetita de franela roja, claro», pensó Bertha.
  En ese momento, la señorita Fulton dio la señal.
  —¿Tiene usted jardín? —dijo la voz fría y aletargada.
  Aquello fue tan exquisito por su parte que todo lo que Bertha pudo hacer fue obedecer. Atravesó la habitación, separó las cortinas y abrió aquellas ventanas tan altas.
  —¡Ahí está! —exhaló.
  Y las dos mujeres se quedaron de pie una junto a la otra mirando el esbelto árbol florecido. A pesar de estar tan quieto, parecía, como la llama de una vela, erguirse, despuntar, temblar en el aire luminoso, hacerse más y más alto mientras ellas observaban hasta tocar casi el borde de la redonda luna de plata.
  ¿Cuánto tiempo estuvieron allí? Las dos, atrapadas como quien dice en aquel círculo de luz divina, entendiéndose perfectamente entre sí, criaturas de otro mundo, y preguntándose qué hacían en éste con todo ese tesoro extasiado que les ardía en el pecho y que caía de sus cabellos y de sus manos en forma de flores de plata.
  ¿Para siempre… sólo un instante? Y había murmurado la señorita Fulton: «Sí. Exactamente eso». ¿O lo había soñado Bertha?
  Entonces encendieron la luz y Cara hizo el café y Harry dijo:
  —Mi querida señora Knight, no me pregunte por mi niña. Nunca la veo. No sentiré el más mínimo interés por ella hasta que tenga un amante —y Jeta apartó el ojo del invernadero del jardín por un instante y lo volvió a poner bajo la lente y Eddie Warren se terminó el café y soltó la taza con una cara de angustia como si en el fondo hubiera visto la araña.
  —Lo que quiero es ofrecerles un espectáculo a los jóvenes. Yo creo que Londres sencillamente está atiborrado de obras noveles, aun sin escribir. Lo que quiero decirles es: «Aquí tienen el teatro. Abran fuego».
  —No sé si sabrás, querida, que voy a decorar una habitación para los Jacob Nathans. Ah, cuánto me tienta hacer un diseño de pescado frito, como los respaldos de los sillones en forma de sartenes y las cortinas de preciosas papas fritas bordadas.
  —El problema con nuestros jóvenes escritores es que son todavía demasiado románticos. Uno no puede hacerse a la mar sin marearse y pedir una palangana. En fin, ¿por qué no tendrán la valentía de usar palanganas?
  —Un poema espantoso sobre una muchacha que fue violada por un pordiosero sin nariz en un bosquecillo…
  La señorita Fulton se hundió en el sillón más bajo y más hondo y Harry repartió cigarrillos.
  Por el modo en que se quedó parado delante de ella agitando la caja plateada y diciendo con brusquedad: «¿Egipcio? ¿Turco? ¿De Virginia? Están todos mezclados», Bertha se dio cuenta de que Pearl no sólo lo aburría; realmente le desagradaba. Y decidió, por el modo en que la señorita Fulton dijo: «No gracias, no fumaré», que también ella sentía lo mismo hacia él, y se sintió herida.
  «Cielos, Harry, que no te desagrade. Estás completamente equivocado con ella. Es maravillosa, maravillosa. Y además, cómo puedes sentir algo tan distinto por alguien que significa tantísimo para mí. Intentaré contarte esta noche cuando estemos en la cama lo que ha ocurrido. Lo que ella y yo hemos compartido».
  Al oírse esas palabras algo extraño y casi aterrador hizo diana en la mente de Bertha. Y este algo ciego y sonriente le dijo muy bajito: «Pronto se irá toda esta gente. La casa quedará tranquila, muy tranquila. Se apagarán las luces. Y tú y él estarán juntos, solos en la habitación oscura, en la cálida cama…».
  Se levantó de un salto de la silla y corrió al piano.
  —¡Qué pena que no toque nadie! —exclamó—. ¡Qué pena que no toque nadie!
  Por primera vez en su vida, Bertha Young deseaba a su marido.
  Sí, lo había amado, había estado enamorada de él, claro, de otra manera, la que fuera, pero exactamente de esta manera, no. Y lo mismo, había visto con claridad que él era diferente. Lo habían hablado tan a menudo. Le había preocupado tantísimo al principio descubrir que era tan frígida, pero pasado un tiempo aquello parecía no importar. Eran tan sinceros el uno con el otro, tan buenos compañeros. Eso era lo mejor de ser modernos.
  Aunque ahora… ¡Ardorosamente! ¡Ardorosamente! ¡La palabra dolía en su ardoroso cuerpo! ¿Era a esto a lo que aquel sentimiento de éxtasis la había estado conduciendo? Pero de pronto, de pronto…
  —Querida —dijo la señora de Norman Knight—, ya conoces nuestra lacra. Somos víctimas de los horarios y de los trenes. Vivimos en Hampstead. Ha sido maravilloso.
  —Los acompañaré al vestíbulo —dijo Bertha—. Me ha encantado tenerlos aquí. Pero no deben perder el último tren. ¿No sería horrible?
  —¿Tomas un whisky, Knight, antes de irte? —preguntó Harry.
  —No, gracias, amigo mío.
  Bertha le dio la mano con un buen apretón por aquello.
  —Buenas noches, adiós —gritó desde el último escalón de arriba, sintiendo que aquel yo secreto se libraba de ellos para siempre.
  Cuando volvió a entrar en el salón, los demás se estaban marchando.
  —… Entonces puedes venir parte del recorrido en mi taxi.
  —Le agradezco tanto no tener que enfrentarme a otro recorrido yo solo después de mi espantosa experiencia.
  —Pueden conseguir un taxi en la parada que está justo al final de la calle. No tendrán que caminar más de algunas yardas.
  —Eso me tranquiliza. Iré a ponerme mi abrigo.
  La señorita Fulton se fue hacia el vestíbulo y Bertha la estaba siguiendo cuando Harry casi la tiró al adelantarla.
  —Permítame que la ayude.
  Bertha vio que se sentía arrepentido de su rudeza; lo dejó pasar. Qué maravilla de hombre era en algunas cosas: ¡tan impulsivo!, ¡tan sencillo!
  Y los dejaron a Eddie y a ella junto al fuego de la chimenea.
  —Me pregunto si has visto el nuevo poema de Bilks titulado «Table d’Hôte» —dijo Eddie con voz suave—. Es tan maravilloso. En la última antología. ¿Tienes un ejemplar? Me gustaría tanto enseñártelo. Empieza con un verso increíblemente hermoso: «¿Por qué debe ser siempre sopa de tomate?».
  —Sí —dijo Bertha. Y se fue sigilosamente a una mesa frente a la puerta del salón y Eddie se deslizó sigilosamente tras ella. Ella tomó el librito y se lo dio; no habían hecho el menor ruido.
  Mientras él buscaba el poema, ella volvió la cabeza hacia el vestíbulo. Y vio… Harry estaba con el abrigo de la señorita Fulton en sus brazos y la señorita Fulton dándole la espalda y cabizbaja. Tiró el abrigo, le puso las manos en los hombros y la giró hacia él violentamente. Sus labios dijeron: «Te adoro», y la señorita Fulton le puso sus dedos de claro de luna en las mejillas y le sonrió con su sonrisa aletargada. Las aletas de la nariz de Harry temblaban; los labios se le encogieron en una horrible sonrisa al musitarle: «Mañana», y la señorita Fulton dijo con los párpados: «Sí».
  —Aquí está —dijo Eddie—. «¿Por qué debe ser siempre sopa de tomate?». Es tan profundamente verdadero, ¿no te parece? La sopa de tomate es tan espantosamente eterna.
  —Si lo prefieres —dijo la voz de Harry, muy alto, desde el vestíbulo—, puedo pedir que venga un taxi hasta la puerta.
  —No, no. No es necesario —dijo la señorita Fulton y fue hasta donde estaba Bertha y le tendió sus delgados dedos.
  —Adiós. Muchísimas gracias.
  —Adiós —dijo Bertha.
  La señorita Fulton le sostuvo la mano un momento más.
  —¡Su precioso peral! —murmuró.
  Y después se había ido, con Eddie detrás, como el gato negro que sigue al gato gris.
  —Yo cerraré todo —dijo Harry, con una frialdad y una seguridad en sí mismo arrolladora.
  «¡Su precioso peral, peral, peral!», Bertha sencillamente corrió a las ventanas altas.
  —Ah, ¿qué va a pasar ahora? —exclamó.
  Pero el peral estaba tan hermoso como siempre y tan repleto de flores e igual de quieto.
  

En Relatos breves,
  Madrid, Cátedra, 1991.
  Traducción de Juana Teresa Guerra de la Torre