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Un ángel terrible - Juan Manuel Roca

“Todo ángel es terrible”
Rainer María Rilke.

En cercanías de la Plaza de Bolívar se desató la refriega entre los manifestantes y la policía. Un bando enardecido arrojaba heridas con unas catapústulas de fabricación casera. El otro bando, mejor armado por tratarse de un cuerpo policial, lo hacía con un lanzallagas de origen norteamericano. Las piedras volaban como pájaros inertes, muertos en pleno vuelo. Era una verdadera granizada lunar, un diluvio de guijarros. El niño tenía, a simple ojo, unos cinco años, un balón en la jarra de su brazo derecho, la cabeza abierta y el rostro ensangrentado. Antes de caer desmayado en el sardinel y de soltar el balón que rodó con desgano los peldaños del atrio de la catedral, el pequeño empinó su voz hacia un sargento para lanzar lo que suponía un grito de feroz amenaza: “se lo voy a decir a mi mamá”. Al día siguiente cayó la dictadura.

Gravedad - Jonnathan Pastor Jiménez Toloza

Todos los días nos paramos en la esquina de la Jiménez. A mi papá poco lo miran. Preparo el tarrito de monedas. "¡A trabajar!" —me dice—, atrapado en su traje de astronauta. Y en ese momento se paraliza por completo. Cuento las monedas una y otra vez. Llueve un poco mientras el sol mira por un instante hacia la plaza. En la noche, cuando todos se van, mi papá por fin me habla. Camino a casa me cuenta las aventuras que vivió en algún rincón de otra galaxia.

Primer Lugar Bogotá en 100 palabras

La cuarta salida - José María Merino

El profesor Souto, gracias a ciertos documentos procedentes del alcaná de Toledo, acaba de descubrir que el último capítulo de la Segunda Parte de El Quijote – “De cómo Don Quijote cayó malo, y del testamento que hizo y su muerte”-  es una interpolación con la que un clérigo, por darle ejemplaridad a la novela, sustituyó buena parte del texto primitivo y su verdadero final.
Pues hubo una cuarta salida del ingenioso hidalgo y caballero, en ella encontró al mago que enredaba sus asuntos, un antiguo soldado manco al que ayudaba un morisco instruido, y consiguió derrotarlos.
Así, los molinos volvieron a ser gigantes, las ventas castillos y los rebaños ejércitos,  y él, tras incontables hazañas, casó con doña Dulcinea del Toboso y fundó un linaje de caballeros andantes que hasta la fecha han ayudado a salvar al mundo de los embaidores, follones, malandrines  e hipedutas que siguen pretendiendo imponernos su ominoso despotismo.

Ajedrez infinito - Luis Fayad

El hombre efectuó su jugada sobre el tablero de ajedrez.
   —Jaque mate —le dijo a Leoncio.
   Él observó la posición de las piezas. Junto a su rey estaba la dama enemiga, un peón la apoyaba, un alfil dominaba la gran diagonal y la amenaza de un caballo cubría dos casillas. De la columna del rey, posible escapatoria, se había apoderado una torre. Sin embargo, Leoncio dijo:
   —Todavía no es mate.
   El contrario miró el tablero sin analizarlo y levantó de nuevo los ojos. Tenía apenas la sonrisa del buen vencedor que le ofrece puente de plata al vencido. Leoncio le dijo:
   —No estamos jugando con límite de tiempo. Yo puedo demorar mi respuesta.
   —Dentro de un siglo seguirá siendo jaque mate —repuso el contrario.
   —Quizá —dijo Leoncio—, pero es posible que dentro de más tiempo las leyes o la idea del mundo no sean las mismas y yo pueda contestar la jugada.

La montaña - Enrique Anderson Imbert

El niño empezó a treparse por el corpachón de su padre, que estaba amodorrado en la butaca, en medio de la gran siesta en medio del gran patio. Al sentirlo, el padre, sin abrir los ojos y sotorriéndose, se puso todo duro para ofrecer al juego del hijo una solidez de montaña. Y el niño lo fue escalando: se apoyaba en las estribaciones de las piernas, en el talud del pecho, en los brazos, en los hombros, inmóviles como rocas. Cuando llegó a la cima nevada de la cabeza, el niño no vio a nadie.

   –¡Papá, papá! –llamó a punto de llorar.

   Un viento frío soplaba allá en lo alto, y el niño, hundido en la nieve, quería caminar y no podía.

   –¡Papá, papá!

   El niño se echó a llorar solo sobre el desolado pico de la montaña

De cara al oceáno - Jean-Claude Carriére:

«Una anécdota persa muy antigua muestra al narrador como un hombre aislado, de pie en una roca cara al océano. Cuenta sin descanso una historia tras otra, deteniéndose apenas un momento para beber, de vez en cuando, un vaso de agua.

El océano, fascinado, lo escucha en calma.

Y el autor anónimo añade:

-Si un día el narrador callase, o si alguien lo hiciese callar, nadie puede decir lo que haría el océano».