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El amor en los tiempos del cólera (fragmento) - Gabriel García Márquez

        —Hace como una semana que me estoy bañando sin jabón —dijo.
  Entonces ella acabó de despertar, recordó, y se revolvió de rabia contra el mundo, porque en efecto había olvidado reponer el jabón en el baño. Había notado la falta tres días antes, cuando ya estaba debajo de la regadera y pensó reponerlo después, pero después lo olvidó hasta el día siguiente. Al tercer día le había ocurrido lo mismo. En realidad no había transcurrido una semana, como él decía para agravarle la culpa, pero sí tres días imperdonables, y la furia de sentirse sorprendida en falta acabó de sacarla de quicio. Como siempre, se defendió atacando.
  —Pues yo me he bañado todos estos días —gritó fuera de sí— y siempre ha habido jabón.
  Aunque él conocía de sobra sus métodos de guerra, esa vez no pudo soportarlos. Se fue a vivir con cualquier pretexto profesional en los cuartos de internos del Hospital de la Misericordia, y sólo aparecía en la casa para cambiarse de ropa al atardecer antes de las consultas a domicilio. Ella se iba para la cocina cuando lo oía llegar, fingiendo hacer cualquier cosa, y allí permanecía hasta sentir en la calle los pasos de los caballos del coche. Cada vez que trataron de resolver la discordia en los tres meses siguientes, lo único que lograron fue atizarla. Él no estaba dispuesto a volver mientras ella no admitiera que no había jabón en el baño, y ella no estaba dispuesta a recibirlo mientras él no reconociera haber mentido a conciencia para atormentarla.
  El incidente, por supuesto, les dio oportunidad de evocar otros, muchos otros pleitos minúsculos de otros tantos amaneceres turbios. Unos resentimientos revolvieron los otros, reabrieron cicatrices antiguas, las volvieron heridas nuevas, y ambos se asustaron con la comprobación desoladora de que en tantos años de lidia conyugal no habían hecho mucho más que pastorear rencores. Él llegó a proponer que se sometieran juntos a una confesión abierta, con el señor arzobispo si era preciso, para que fuera Dios quien decidiera como árbitro final si había o no había jabón en la jabonera del baño. Entonces ella, que tan buenos estribos tenía, los perdió con un grito histórico:
  —¡A la mierda el señor arzobispo!
  El improperio estremeció los cimientos de la ciudad, dio origen a consejas que no fue fácil desmentir, y quedó incorporado al habla popular con aires de zarzuela: «¡A la mierda el señor arzobispo!». Consciente de que había rebasado la línea, ella se anticipó a la reacción que esperaba del esposo, y lo amenazó con mudarse sola a la antigua casa de su padre, que todavía era suya, aunque estaba alquilada para oficinas públicas. No era una bravata: quería irse de veras, sin importarle el escándalo social, y el marido se dio cuenta a tiempo. Él no tuvo valor para desafiar sus prejuicios: cedió. No en el sentido de admitir que había jabón en el baño, pues habría sido un agravio a la verdad, sino en el de seguir viviendo en la misma casa, pero en cuartos separados, y sin dirigirse la palabra. Así comían, sorteando la situación con tanta destreza que se mandaban recados con los hijos de un lado al otro de la mesa, sin que éstos se dieran cuenta de que no se hablaban.
  Como en el estudio no había baño, la fórmula resolvió el conflicto de los ruidos matinales, porque él entraba a bañarse después de haber preparado la clase, y tomaba precauciones reales para no despertar a la esposa. Muchas veces coincidían y se turnaban para cepillarse los dientes antes de dormir. Al cabo de cuatro meses, él se acostó a leer en la cama matrimonial mientras ella salía del baño, como ocurría a menudo, y se quedó dormido. Ella se acostó a su lado con bastante descuido para que despertara y se fuera. Él despertó a medias, en efecto, pero en vez de levantarse apagó la veladora y se acomodó en su almohada. Ella lo sacudió por el hombro para recordarle que debía irse al estudio, pero él se sentía tan bien otra vez en la cama de plumas de los bisabuelos, que prefirió capitular.
  —Déjame aquí —dijo—. Sí había jabón.

Los cinco cuentos cortos más bellos del mundo - Gabriel García Márquez

Así llamó Santiago Mutis Durán a una selección que hizo de relatos de Gabriel García Márquez: “Para la exposición de Gabriel García Márquez que preparé hace más de diez años, titulada «Yo sólo quería contar un buen cuento», revisé, dentro de sus varios miles de páginas de periodismo, 5 brevísimas historias contadas por él, que llamamos “Los cinco cuentos cortos más bellos del mundo”, y que se publicaron posteriormente en la revista Conversaciones desde la Soledad (Bogotá, 2001)”.

I

   Un niño de unos cinco años que ha perdido a su madre entre la muchedumbre de una feria se acerca a un agente de la policía y le pregunta: “¿No ha visto usted a una señora que anda sin un niño como yo?”.


II

   Mary Jo, de dos años de edad, está aprendiendo a jugar en tinieblas, después de que sus padres, el señor y la señora May, se vieron obligados a escoger entre la vida de la pequeña o que quedara ciega para el resto de su vida. A la pequeña Mary Jo le sacaron ambos ojos en la Clínica Mayo, después de que seis eminentes especialistas dieron su diagnóstico: retinoblastoma. A los cuatro días después de operada, la pequeña dijo: “Mamá, no puedo despertarme... No puedo despertarme”.


III

   Es el drama del desencantado que se arrojó a la calle desde un décimo piso, y a medida que caía iba viendo a través de las ventanas la intimidad de sus vecinos, las pequeñas tragedias domésticas, los amores furtivos, los breves instantes de felicidad, cuyas noticias no habían llegado nunca hasta la escalera común, de modo que en el instante de reventarse contra el pavimento de la calle había cambiado por completo su concepción del mundo, y había llegado a la conclusión de que aquella vida que abandonaba para siempre por la puerta falsa valía la pena de ser vivida.


IV

   Dos exploradores lograron refugiarse en una cabaña abandonada, después de haber vivido tres angustiosos días extraviados en la nieve. Al cabo de otros tres días, uno de ellos murió. El sobreviviente excavó una fosa en la nieve, a unos cien metros de la cabaña, y sepultó el cadáver. Al día siguiente, sin embargo, al despertar de su primer sueño apacible, lo encontró otra vez dentro de la casa, muerto y petrificado por el hielo, pero sentado como un visitante formal frente a su cama. Lo sepultó de nuevo, tal vez en una tumba más distante, pero al despertar al día siguiente volvió a encontrarlo sentado frente a su cama. Entonces perdió la razón. Por el diario que había llevado hasta entonces se pudo conocer la verdad de su historia. Entre las muchas explicaciones que trataron de darse al enigma, una parecía ser la más verosímil: el sobreviviente se había sentido tan afectado por su soledad que él mismo desenterraba dormido el cadáver que enterraba despierto.


V

   El pelotón de fusilamiento lo sacó de su celda en un amanecer glacial, y todos tuvieron que atravesar a pie un campo nevado para llegar al sitio de la ejecución. Los guardias civiles estaban bien protegidos del frío con capas, guantes y tricornios, pero aun así tiritaban a través del yermo helado. El pobre prisionero, que sólo llevaba una chaqueta de lana deshilachada, no hacía más que frotarse el cuerpo casi petrificado, mientras se lamentaba en voz alta del frío mortal. A un cierto momento, el comandante del pelotón, exasperado con los lamentos, le gritó:
   —Coño, acaba ya de hacerte el mártir con el cabrón frío. Piensa en nosotros, que tenemos que regresar.

La noche del eclipse - Gabriel García Márquez

Otros misterios de aquel hotel extravagante no fueron tan fáciles para Ana Magdalena Bach. Cuando encendió un cigarrillo se disparó un sistema de timbres y luces, y una voz autoritaria le dijo en tres idiomas que estaba en una habitación para no fumadores, la única que encontró libre una noche de ferias. Tuvo que pedir ayuda para aprender que con la misma tarjeta de abrir la puerta se encendían las luces, la televisión, el aire acondicionado y la música de ambiente. Le enseñaron a digitar en el teclado electrónico de la bañera redonda para regular la erótica y la clínica de jacuzzi. Loca de curiosidad se quitó la ropa ensopada de sudor por el sol del cementerio, se puso el gorro de baño para protegerse el peinado y se entregó al remolino de la espuma. Feliz, marcó a larga distancia el teléfono de su casa, y le gritó al marido la verdad: "No te imaginas la falta que me haces". Fueron tan vívidos los fieros que le hizo, que él sintió en el teléfono la excitación de la bañera.
-Carajo -dijo- éste me lo debes.
Ella había pensado pedir al cuarto algo de comer para no tener que vestirse, pero el recargo por el servicio de habitación la decidió a comer como pobre en la cafetería. El vestido de seda negra, tubular y demasiado largo para la moda, le iba bien con el peinado. Se sintió medio desvalida con el escote, pero el collar, los aretes y las sortijas de esmeraldas falsas le subieron la moral y aumentaron el fulgor de sus ojos.
Cuando bajó a cenar eran las ocho. Terminó pronto. Agobiada por el llanto de los niños y la música estridente, decidió regresar al cuarto para leer El día de los Trífidos, que tenía en turno desde hacía más de tres meses. El remanso del vestíbulo la reanimó, y al pasar frente al cabaret le llamó la atención una pareja profesional que bailaba el Vals del Emperador con una técnica perfecta. Permaneció absorta en la puerta hasta que terminó el espectáculo y la clientela común ocupó la pista de baile. Una voz dulce y varonil, muy cerca de sus espaldas, la sacó del ensueño:
-¿Bailamos?
Estaban tan cerca, que ella percibió el tenue olor de su timidez detrás de la loción de afeitar. Entonces lo miró por encima del hombro, y se quedó sin aliento. "Perdone", le dijo aturdida, "pero no estoy vestida para bailar". La réplica de él fue inmediata:
-Es usted la que viste el vestido, señora.
La frase la impresionó. Con un gesto inconsciente se palpó los pechos intactos, los brazos desnudos, las caderas firmes, hasta comprobar que su cuerpo estaba en realidad donde lo sentía. Entonces miró de nuevo por encima del hombro, ya no para reconocerlo, sino para apropiárselo con los ojos más bellos que él vería jamás.
-Es usted muy gentil -le dijo con encanto-. Ya no hay hombres que digan esas cosas.
Entonces él se puso a su lado y le reiteró en silencio la invitación a bailar. Ana Magdalena Bach, sola y libre en su isla, se agarró de aquella mano con todas las fuerzas de su alma como al borde de un precipicio.
Bailaron tres valses a la manera antigua. Ella supuso desde los primeros pasos, por el cinismo de su maestría, que él era otro profesional alquilado por el hotel para animar las noches, y se dejó llevar en círculos de vuelo, pero lo mantuvo firme a la distancia de su brazo. Él le dijo mirándola a los ojos: "Baila como una artista". Ella sabía que era cierto, pero sabía también que él se lo habría dicho de todos modos a cualquier mujer que quisiera llevarse a la cama.
En el segundo valse, él trató de apretarla contra su cuerpo, y ella lo mantuvo en su lugar. Él se esmeró en su arte, llevándola por la cintura con la punta de los dedos, como una flor. A la mitad del tercer valse ella lo conocía como si fuera desde siempre.
Nunca había concebido a un hombre tan anticuado en un empaque tan bello. Tenía la piel lívida, los ojos ardientes bajo unas cejas frondosas, el cabello de azabache absoluto aplanchado con gomina y con la línea perfecta en el medio. El esmoquin tropical de seda cruda ceñido a sus caderas estrechas completaba su estampa de lechuguino. Todo en él era tan postizo como sus maneras, pero los ojos de fiebre parecían ávidos de compasión.
Al final de la tanda de valses él la condujo a una mesa apartada sin anuncio ni permiso. No era necesario: ella lo sabía todo de antemano, y se alegró de que él ordenara champaña. El salón en penumbra era bueno para vivir, y cada mesa tenía su propio ámbito de intimidad.
Ana Magdalena calculó que su acompañante no pasaba de los treinta años, porque apenas si daba pie con el bolero. Ella lo encaminó con tacto sereno, hasta que él encontró el paso. Lo mantuvo a la distancia, para no darle el gusto de que sintiera en sus venas la sangre enfebrecida por la champaña. Pero él la forzó, primero con suavidad, y después con toda la fuerza de su brazo en la cintura. Ella sintió entonces en su muslo lo que él había querido que sintiera para marcar su territorio, y se maldijo por el batir de su sangre en las venas y el fogaje de su respiración, pero supo oponerse a la segunda botella de champaña. Él debió notarlo, pues la invitó a un paseo por la playa. Ella disimuló su disgusto con una frivolidad compasiva:
-¿Sabe qué edad tengo?
-No puedo imaginarme que usted tenga una edad -dijo él.
-Sólo la que usted quiera.
No había acabado de decirlo cuando ella, hastiada de tanta mentira, le planteó a su cuerpo el dilema terminante: ahora o nunca. "Lo siento", dijo, poniéndose de pie. Él se sobresaltó.
-¿Qué ha pasado?
-Tengo que irme -dijo ella-. La champaña no es mi fuerte.
Él propuso otros programas inocentes, sin saber quizás que cuando una mujer se va no hay poder humano ni divino que la detenga. Por fin se rindió.
-¿Me permite acompañarla?
-No se moleste -dijo ella-. Y gracias, de veras, fue una noche inolvidable.
En el ascensor estaba ya arrepentida. Sentía un rencor feroz contra sí misma, pero la compensaba el placer de haber hecho lo que correspondía. Entró en el cuarto, se quitó los zapatos, se tiró bocarriba en la cama y encendió un cigarrillo. Casi al mismo tiempo llamaron a la puerta, y ella maldijo el hotel donde la ley perseguía a los huéspedes hasta su intimidad sagrada. Pero el que tocó no era la ley, era él.
Parecía una figura del museo de cera en la penumbra del corredor. Ella lo comprobó con la mano en el pomo de la puerta, sin una pizca de indulgencia, y al fin le cedió el paso. Él entró como en su casa.
-Ofrézcame algo -dijo.
-Sírvase usted mismo -dijo ella-. No tengo la menor idea de cómo funciona esta nave espacial.
Él, en cambio, lo sabía todo. Moderó las luces, puso la música de ambiente y sirvió dos copas de champaña del minibar con la maestría de un director de orquesta. Ella se prestó al juego, no como ella misma, sino como protagonista de su propio papel. Estaban en el brindis cuando sonó el teléfono, y ella contestó alarmada. Un oficial de la seguridad del hotel le advirtió muy amable que ningún invitado podía permanecer en una suite después de la medianoche sin registrarse en la recepción.
-No necesita explicármelo, por favor -lo interrumpió ella, abochornada-. Perdone usted.
Colgó con la cara congestionada por el rubor. Él, como si hubiera oído la advertencia, la justificó con una razón fácil: "Son mormones". Y sin más vueltas la invitó a contemplar un eclipse total de luna desde la playa. La noticia era nueva para ella. Tenía una pasión infantil por los eclipses, pero toda la noche se había debatido entre el decoro y la tentación, y no encontró un argumento válido para no aceptar.
-No tenemos escapatoria -dijo él-. Es nuestro destino.
La invocación sobrenatural la dispensó de escrúpulos. Así que se fueron a ver el eclipse en la camioneta de él, a una bahía escondida en un bosque de cocoteros, sin huellas de turistas. En el horizonte se veía el resplandor remoto de la ciudad, y el cielo era diáfano y con una luna solitaria y triste. Él estacionó al abrigo de las palmeras, se quitó los zapatos, se aflojó el cinturón y abatió el asiento para relajarse. Ella descubrió que la camioneta no tenía más que los dos asientos delanteros, que se convertían en camas con sólo apretar un botón. El resto era un bar mínimo, un equipo de música con el saxo de Fausto Papetti, y un baño minúsculo con un bidé portátil detrás de una cortina carmesí. Ella entendió todo.
-No habrá eclipse -dijo-. Sólo pueden ser en luna llena, y estamos en cuarto creciente.
Él se mantuvo imperturbable.
-Entonces será de sol -dijo-. Tenemos tiempo.
No hubo más trámites. Ambos sabían ya a lo que iban, y ella sabía además qué era lo único distinto que podía esperar de él desde que bailaron el primer bolero. La asombró la maestría de mago de salón con que la desnudó pieza por pieza, casi hilo por hilo, con la punta de los dedos y sin tocarla apenas, como deshollejando una cebolla. Con la primera embestida del minotauro ella se sintió morir por el dolor con una humillación atroz de gallina descuartizada. Quedó sin aire y empapada en un sudor helado, pero apeló a sus instintos primarios para no sentirse menos ni dejarse sentir menos que él, y se entregaron juntos al placer inconcebible de la fuerza bruta subyugada por la ternura. Ana Magdalena no se preocupó por saber quién era él, ni lo pretendió, hasta unos tres años después de aquella noche inolvidable, cuando reconoció en la televisión su retrato hablado de vampiro triste, solicitado por todas las policías del Caribe como estafador y proxeneta de viudas alegres y solitarias, y probable asesino de dos.

Un cuento de Cortázar que se le olvidó a Gabo - Ricardo Llinás

     Con motivo de la muerte de Julio Cortázar, García Márquez escribió en febrero de 1984 un bello artículo titulado El argentino que se hizo querer de todos.  Este se volvió a publicar años después en la colección Cara y Cruz de la extintaEditorial Norma, en donde lo leí por primera vez, como prólogo de la colección de cuentos Todos los fuegos el fuego. En este artículo se describe una lectura en voz alta que Cortázar hizo alguna vez en un parque de Paris. Gabo nos presenta aquel evento como el momento mágico que debió ser y nos dice que escuchó leer a Cortázar “sin más armas que su voz hermosa y un cuento suyo de los más difíciles: La noche de Mantequilla Nápoles”. Nadie, después de leer la nota de Gabo, podría resistirse a conocer aquel cuento.
    Me llevé dos sorpresas. La primera fue descubrir un error en el nombre del cuento, que en realidad se titula La noche de Mantequilla. La otra sorpresa fue el argumento, que no tenía nada que ver con lo que se mencionaba en el artículo. Gabo confundió La noche de Mantequilla, la historia de un intercambio de mercancías entre mafiosos durante una pelea de boxeo, con Torito, otro cuento de Cortázar contado por un boxeador en primera persona. Aunque, en realidad, tampoco este cuento encaja claramente con la descripción de Gabo.
   Diez años más tarde, en 1994, el propio García Márquez escribió la crónica El mismo cuento distinto, en donde relata un caso parecido que le sucedió con un cuento de Simenon que quería releer, pero que no podía encontrar porque había olvidado el título. Lo buscó durante cincuenta años sin ningún resultado, pues la única pista que tenía era el recuerdo vago de la trama.
    Sería el mismo Cortázar quien le ayudó a encontrar el cuento de Simenon y el nombre de la antología en la que aparece. Al leerlo, García Márquez descubrió que la historia no era como él la recordaba. “…el relato —dice Gabo— era el mismo, en efecto, pero no era igual a como lo recordaba. Primero porque no estaba contado desde el punto de vista del perseguido, como yo creía, sino desde el punto de vista de Maigret, el perseguidor, y esto alteraba el orden de la compasión. Segundo, porque la intriga policial no estaba resuelta con la simplicidad con que la recordaba, sino como las grandes páginas de la literatura: con un sacrificio de amor.”
    ¿Qué tanto nos queda entonces de un libro al terminar su lectura? Patrick Süskind dedica un ensayo titulado Amnesia in litteris a contestar esta pregunta, y su respuesta es contundente: después de leer un libro no nos queda absolutamente nada. “Entonces me invade una terrible desesperación —dice Süskind—. La vieja enfermedad ha vuelto a atraparme: amnesia in litteris, la pérdida total de la memoria literaria […] ¿Para qué leer, para qué volver a leer ese libro si sé que dentro de muy poco tiempo no quedará siquiera la sombra de su recuerdo? ¿Para qué hacer algo si todo se deshace en la nada?”
   En algunos casos los cambios que Gabo hacía a los relatos que leía iban más allá de la anécdota, y terminaban por convertirse en nuevas historias. Dos ejemplos: Un día de estos, una versión de Espuma y nada más de Hernando Téllez; yMemoria de mis putas tristes, un homenaje a La casa de las bellas durmientes de Kawabata. En el primero García Márquez logró un cuento maestro, en el segundo no contó con tanta fortuna. Pero, al margen de esto, lo interesante es pensar que tal vez en la escritura de estas dos obras de García Márquez haya operado el mismo mecanismo de olvido que transformó los cuentos de Cortázar y Simenon. En ambos casos, una falla de la memoria pudo ir más allá de un error, y convertirse en un hecho literario en sí mismo, que en el caso del cuento de Cortázar no había terminado aún.
    Sucedió algunos años después, con la publicación que hizo la editorial Mondadori de la recopilación de los discursos de García Márquez bajo el título Yo no vengo a decir un discurso. En este aparece compilado el mencionado escrito sobre Cortázar. Al leerlo descubrí que no era como yo lo recordaba. Naturalmente me pregunté si me estaba sucediendo lo mismo que a García Márquez. Busqué el libro en el que lo leí la primera vez y realicé la comparación. No se trataba de un problema de mi memoria, había cambios para la nueva publicación, y eran más de los que se advertían a simple vista. Se trataba de una versión que fue leída en el Palacio de Bellas Artes de Ciudad de México en febrero de 1994, para los diez años de la muerte de Cortázar. El título del cuento del boxeador no aparece (obviamente para enmendar la equivocación). Algunas frases que hablaban sobre el tiempo que había pasado desde las anécdotas que contaba Gabo hasta el momento del discurso fueron convertidas en frases atemporales. “Haceapenas dos semanas” fue cambiado por “dos semanas antes de su muerte”, por ejemplo. Hay dieciséis cambios de palabras, cuatro cambios de puntos, dieciocho cambios de comas, uno de tilde y uno de guión por comillas. Pero tal vez el cambio más grande es la eliminación total de un párrafo en el que García Márquez describe el momento en el que vio a Cortázar por primera vez en su vida, en un café de la París de sus cuentos. El párrafo es hermoso, y el retrato que Gabo hace de Cortázar es mágico.
    Continué la búsqueda y descubrí, como si aún fuera poco, que había una tercera versión que fue posterior a la publicada por Mondadori. Esta aparece en una revista de la Universidad de México, que fue leída el 14 de febrero de 2004 en Jalisco, con motivo de los veinte años de la muerte de Cortázar. Tiene algunos cambios respecto a la primera publicación, pero recupera algunos momentos que habían sido cambiados en la segunda. El encuentro con Cortázar fue eliminado para el homenaje de los diez años del fallecimiento del autor de Rayuela, y vuelto a incluir para la conmemoración de los veinte. Con todo, los tres escritos hablan de un cuento de Cortázar que no existe.
    Lo que sí existe es la cadena que sin proponérselo inició La Noche de Mantequilla, y que partió con el cuento original; pasó por la fallida memoria de García Márquez en su primer artículo de 1984; siguió con la versión más lejana del discurso del Palacio de Bellas Artes, a partir del cual se elimina el título del cuento; continuó con la lectura del texto ecléctico de 2004 en Jalisco; y llegó a otros lectores a través de esta nota, que cada quien recordará a su modo.
García Márquez dijo alguna vez que “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda, y cómo la recuerda para contarla", y tal vez pueda aplicarse la misma sentencia para la lectura de los cuentos, de los que vale más el recuerdo nublado que tenemos de ellos, que el momento en que los leímos por primera vez.
    Una última inquietud: ¿Por qué fue borrado el fragmento del primer encuentro con Cortázar? No lo sabemos. Lo que sí sabemos es que dicho fragmento es inquietantemente parecido a la descripción que Gabo hizo de la primera vez que vio a Simenon.